The Works of Edgar Allan Poe — Volume 3

By Edgar Allan Poe

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accosted her at all hazards; but,
fortunately, she was attended by two companions--a gentleman, and a
strikingly beautiful woman, to all appearance a few years younger than
herself.

I revolved in my mind a thousand schemes by which I might obtain,
hereafter, an introduction to the elder lady, or, for the present, at
all events, a more distinct view of her beauty. I would have removed
my position to one nearer her own, but the crowded state of the theatre
rendered this impossible; and the stern decrees of Fashion had, of late,
imperatively prohibited the use of the opera-glass in a case such as
this, even had I been so fortunate as to have one with me--but I had
not--and was thus in despair.

At length I bethought me of applying to my companion.

“Talbot,” I said, “you have an opera-glass. Let me have it.”

“An opera-glass!--no!--what do you suppose I would be doing with an
opera-glass?” Here he turned impatiently toward the stage.

“But, Talbot,” I continued, pulling him by the shoulder, “listen to me
will you? Do you see the stage--box?--there!--no, the next.--did you
ever behold as lovely a woman?”

“She is very beautiful, no doubt,” he said.

“I wonder who she can be?”

“Why, in the name of all that is angelic, don’t you know who she is?
‘Not to know her argues yourself unknown.’ She is the celebrated Madame
Lalande--the beauty of the day par excellence, and the talk of the
whole town. Immensely wealthy too--a widow, and a great match--has just
arrived from Paris.”

“Do you know her?”

“Yes; I have the honor.”

“Will you introduce me?”

“Assuredly, with the greatest pleasure; when shall it be?”

“To-morrow, at one, I will call upon you at B--’s.”

“Very good; and now do hold your tongue, if you can.”

In this latter respect I was forced to take Talbot’s advice; for he
remained obstinately deaf to every further question or suggestion, and
occupied himself exclusively for the rest of the evening with what was
transacting upon the stage.

In the meantime I kept my eyes riveted on Madame Lalande, and at length
had the good fortune to obtain a full front view of her face. It was
exquisitely lovely--this, of course, my heart had told me before,
even had not Talbot fully satisfied me upon the point--but still the
unintelligible something disturbed me. I finally concluded that my
senses were impressed by a certain air of gravity, sadness, or, still
more properly, of weariness, which took something from the youth
and freshness of the countenance, only to endow it with a seraphic
tenderness and majesty, and thus, of course, to my

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Text Comparison with Poemas

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He allí Broadway.
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Sábese que en el linaje del poeta hubo un bravo sir Rogerio, que batalló en compañía de Strongbow, un osado, sir Arnoldo, que defendió a una _lady_, acusada de bruja; una mujer heroica y viril, la célebre _Condesa_ del tiempo de Cromwell; y pasado sobre enredos genealógicos antiguos, un General de los Estados Unidos, su abuelo.
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Amaba el teatro, era inteligente y bella, y de esa dulce gracia nació el pálido y melancólico visionario que dio al arte un mundo nuevo.
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_ POEMAS TRADUCCIÓN DE ALBERTO LASPLACES ANNABEL LEE Hace ya bastantes años, en un reino más allá de la mar vivía una niña que podéis conocer con el nombre de Annabel Lee.
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Pero, ¿qué importa? Siento que voy mejor paulatinamente.
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Allí los templos, los palacios y las torres--torres carcomidas por el tiempo, y que no tiemblan nunca,--no se parecen en nada a las nuestras.
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¡Oh brillante princesa! ¿por qué dejar esa ventana abierta a la noche? Los espíritus juguetones, desde lo alto de los árboles se filtran a través de la persiana.
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Aquí, en donde la cabellera dorada de las damas romanas flotaba al viento, se balancean ahora el cardo y la caña.
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LA ROMANZA ¡Oh romanza que gustas cantar, la frente adormecida y las alas plegadas, entre las hojas verdes agitadas a lo lejos sobre algún lago umbrío, tú has sido para mí un papagayo de vivos colores, un pájaro muy familiar; tú me has enseñado a leer mi alfabeto, a balbucear todas mis primeras palabras, mientras que, niño de mirada sagaz, me hundía en huraños bosques.
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Y los átomos de ese astro se dispersan y se convierten bien pronto en una lluvia, de la cual las mariposas de esta tierra, que buscan en vano los cielos y vuelven a descender,--¡criaturas jamás satisfechas!--nos devuelven partículas a veces sobre sus alas estremecidas.
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Porque, al fin, esa brillante esperanza y ese tiempo liviano se han ido, y mi reposo terrestre, me ha dejado, él también, con un suspiro, al pasar.
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II A solas con mi alma, recorría avenida titánica y oscura de fúnebres cipreses.
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II Valles sin lindes, mares sin riberas, cavernas, bosques densos y titánicos, montañas que a los cielos desafían y hunden la base en insondables lagos, en lagos insondables siempre mudos de misteriosos bordes escarpados, gélidos lagos, cuyas muertas aguas un Cielo copian tétrico y extraño.
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nada más! Mudo, trémulo, en la sombra por mirar haciendo empeños, quedé allí, cual antes nadie los soñó, forjando sueños; más profundo era el silencio, y la calma no acusaba ruido alguno.
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Dijo el cuervo: «¡Nunca más!» «Eh, profeta--dije--o duende, mas profeta al fin, ya seas ave o diablo--ya te envíe la tormenta, ya te veas por los ábregos barrido a esta playa, desolado pero intrépido a este hogar por los males devastado, .
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