The Works of Edgar Allan Poe — Volume 2

By Edgar Allan Poe

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the foliage of many thousands of
forest trees, and of crushing to death the glories of many millions of
fragrant flowers. Thus it was that we lived all alone, knowing nothing
of the world without the valley--I, and my cousin, and her mother.

From the dim regions beyond the mountains at the upper end of our
encircled domain, there crept out a narrow and deep river, brighter than
all save the eyes of Eleonora; and, winding stealthily about in mazy
courses, it passed away, at length, through a shadowy gorge, among hills
still dimmer than those whence it had issued. We called it the "River
of Silence"; for there seemed to be a hushing influence in its flow.
No murmur arose from its bed, and so gently it wandered along, that the
pearly pebbles upon which we loved to gaze, far down within its bosom,
stirred not at all, but lay in a motionless content, each in its own old
station, shining on gloriously forever.

The margin of the river, and of the many dazzling rivulets that glided
through devious ways into its channel, as well as the spaces that
extended from the margins away down into the depths of the streams until
they reached the bed of pebbles at the bottom,--these spots, not less
than the whole surface of the valley, from the river to the mountains
that girdled it in, were carpeted all by a soft green grass, thick,
short, perfectly even, and vanilla-perfumed, but so besprinkled
throughout with the yellow buttercup, the white daisy, the purple
violet, and the ruby-red asphodel, that its exceeding beauty spoke to
our hearts in loud tones, of the love and of the glory of God.

And, here and there, in groves about this grass, like wildernesses of
dreams, sprang up fantastic trees, whose tall slender stems stood not
upright, but slanted gracefully toward the light that peered at noon-day
into the centre of the valley. Their mark was speckled with the vivid
alternate splendor of ebony and silver, and was smoother than all save
the cheeks of Eleonora; so that, but for the brilliant green of the huge
leaves that spread from their summits in long, tremulous lines, dallying
with the Zephyrs, one might have fancied them giant serpents of Syria
doing homage to their sovereign the Sun.

Hand in hand about this valley, for fifteen years, roamed I with
Eleonora before Love entered within our hearts. It was one evening at
the close of the third lustrum of her life, and of the fourth of my own,
that we sat, locked in each other's embrace, beneath

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Text Comparison with Poemas

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Sobre cubierta se agrupan los pasajeros: el comerciante de gruesa panza, congestionado como un pavo, con encorvadas narices israelitas; el clergyman huesoso, enfundado en su largo levitón negro, cubierto con su ancho sombrero de fieltro, y en la mano una pequeña Biblia; la muchacha que usa gorra de jockey, y que durante toda la travesía ha cantado con voz fonográfica, al són de un banjo; el joven robusto, lampiño como un bebé, y que, aficionado al box, tiene los puños de tal modo, que bien pudiera desquijarrar un rinoceronte de un solo impulso.
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Ellas son, cándido coro de ideales oceánidos, quienes consuelan y enjugan la frente al lírico Prometeo amarrado a la montaña Yankee, cuyo cuervo, más cruel aun que el buitre esquiliano, sentado sobre el busto de Palas, tortura el corazón del desdichado, apuñaleándole con la monótona palabra de la desesperanza.
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Desde su muerte acá, no hay año casi en que, ya en el libro o en la revista, no se ocupen del excelso poeta americano, críticos, ensayistas y poetas.
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La especulación filosófica nubló en él la fe, que debiera poseer como todo poeta verdadero.
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En el diálogo entre Oinos y Agathos pretende sondear el misterio de la divina inteligencia; así como en los de Monos y Una y de Eros y Charmion penetra en la desconocida sombra de la Muerte, produciendo, como pocos, extraños vislumbres en su concepción del espíritu en el espacio y en el tiempo.
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1849.
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Una onda, un movimiento se ha producido, allá abajo.
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BALADA NUPCIAL El anillo está en mi dedo y la corona sobre mi frente; he aquí que poseo rasos y joyas en abundancia, y en el presente instante soy feliz.
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No somos impotentes nosotras, pálidas piedras.
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La brisa,--esa respiración de Dios,--reposa inmóvil, y la bruma que se extiende como una sombra sobre la colina,--como una sombra cuyo velo no se ha desgarrado todavía,--resulta así un símbolo y un signo.
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III ¡Turba el nocturno sosiego súbita alarma, y entonces a gran campana de bronce toca a fuego! ¡Qué terrífica pavura la siniestra nota augura! Es desesperado ruego desgarrador y tenaz al rojo elemento ciego cada instante más frenético, cada instante más voraz! En indescriptible pánico el cataclismo volcánico con raudo impulso titánico avanza, la campanada alarido es de terror; sigue el bronce, sigue el bronce con su clamoroso estruendo diciendo cuál crece el peligro horrendo, cuál se inflama la llama, y la Luna como forma de sangriento tabernáculo, alumbra el rojo espectáculo en su fantástico horror.
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Resonar sólo un nombre se escuchaba que en voz baja a aquella hora yo me puse a murmurar, y que el eco repetía como un soplo: ¡Leonora!.
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Esto y más--sobre cojines reclinado--con anhelo me empeñaba en descifrar, sobre el rojo terciopelo do imprimía viva huella luminoso mi fanal-- terciopelo cuya púrpura ¡ay! jamás volverá ella a oprimir--¡Ah! ¡Nunca más! Pareciome el aire entonces, por incógnito incensario que un querube columpiase de mi alcoba en el santuario, perfumado--«Miserable sér--me dije--Dios te ha oído y por medio angelical, tregua, tregua y el olvido del recuerdo de Leonora te ha venido hoy a brindar: ¡bebe! bebe ese nepente, y así todo olvida ahora.
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