The Works of Edgar Allan Poe — Volume 2

By Edgar Allan Poe

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which
led down into the dread chamber was a large fragment of the coffin,
with which, it seemed, that she had endeavored to arrest attention by
striking the iron door. While thus occupied, she probably swooned, or
possibly died, through sheer terror; and, in failing, her shroud became
entangled in some iron--work which projected interiorly. Thus she
remained, and thus she rotted, erect.

In the year 1810, a case of living inhumation happened in France,
attended with circumstances which go far to warrant the assertion that
truth is, indeed, stranger than fiction. The heroine of the story was a
Mademoiselle Victorine Lafourcade, a young girl of illustrious family,
of wealth, and of great personal beauty. Among her numerous suitors was
Julien Bossuet, a poor litterateur, or journalist of Paris. His talents
and general amiability had recommended him to the notice of the heiress,
by whom he seems to have been truly beloved; but her pride of birth
decided her, finally, to reject him, and to wed a Monsieur Renelle, a
banker and a diplomatist of some eminence. After marriage, however, this
gentleman neglected, and, perhaps, even more positively ill-treated her.
Having passed with him some wretched years, she died,----at least her
condition so closely resembled death as to deceive every one who saw
her. She was buried----not in a vault, but in an ordinary grave in the
village of her nativity. Filled with despair, and still inflamed by the
memory of a profound attachment, the lover journeys from the capital to
the remote province in which the village lies, with the romantic purpose
of disinterring the corpse, and possessing himself of its luxuriant
tresses. He reaches the grave. At midnight he unearths the coffin, opens
it, and is in the act of detaching the hair, when he is arrested by the
unclosing of the beloved eyes. In fact, the lady had been buried
alive. Vitality had not altogether departed, and she was aroused by
the caresses of her lover from the lethargy which had been mistaken
for death. He bore her frantically to his lodgings in the village. He
employed certain powerful restoratives suggested by no little medical
learning. In fine, she revived. She recognized her preserver. She
remained with him until, by slow degrees, she fully recovered her
original health. Her woman's heart was not adamant, and this last
lesson of love sufficed to soften it. She bestowed it upon Bossuet.
She returned no more to her husband, but, concealing from him her
resurrection, fled with her lover to America. Twenty years afterward,
the two returned to France, in the persuasion that time had so greatly
altered the

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Text Comparison with Poemas

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Por voluntad de Dios suele brotar de entre esos poderosos monstruos algún sér de superior naturaleza, que tiende las alas a la eterna Miranda de lo ideal.
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Frente al balcón, vestido de rosas blancas, por donde en el Paraíso asoma tu faz de generosos y profundos ojos, pasan tus hermanas y te saludan con una sonrisa, en la maravilla de tu virtud, ¡oh, mi ángel consolador; oh, mi esposa! La primera que pasa es Irene, la dama brillante de palidez extraña, venida de allá, de los marea lejanos; la segunda es Eulalia, la dulce Eulalia, de cabellos de oro y ojos de violeta, que dirige al Cielo su mirada; la tercera es Leonora, llamada así por los ángeles, joven y radiosa en el Edén distante; la otra es Francés, la amada que calma las penas con su recuerdo; la otra es Ulalume, cuya sombra yerra en la nebulosa región de Weir, cerca del sombrío lago de Auber; la otra Helen, la que fué vista por la primera vez a la luz de perla de la Luna; la otra Annie, la de los ósculos y las caricias y oraciones por el adorado; la otra Annabel Lee, que amó con un amor envidia de los serafines del Cielo; la otra Isabel, la de los amantes coloquios en la claridad lunar; Ligeia, en fin, meditabunda, envuelta en un velo de extraterrestre esplendor.
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Loncup, para la traducción del libro de Ingram por Mayer.
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Otra dama recuerda la extraña impresión de sus ojos: «Los ojos de Poe, en verdad, eran el rasgo que más impresionaba, y era a ellos a los que su cara debía su atractivo peculiar.
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No buscó el lírico americano el apoyo de la oración; no era creyente, o, al menos, su alma estaba alejada del misticismo.
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Y así yace ella, dichosamente sumergida en recuerdos perennes de la constancia y de la belleza de Annie, anegada en un beso a las trenzas de Annie.
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LA CIUDAD EN EL MAR ¡Ved! La Muerte se ha erigido un trono, en una extraña ciudad que se levanta, solitaria, muy lejos, en el sombrío occidente, donde los buenos y los malos, los peores y los mejores han ido hacia la paz eterna.
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Pero habló.
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Esos muros, esas arcadas revestidas de hiedra, esos zócalos musgosos, esas columnas ennegrecidas, esos vagos relieves, esos frisos ruinosos, esas cornisas rotas, ese naufragio, esa ruina, esas piedras grises, ¡ay! ¿es esto todo lo que queda de famoso y de colosal? ¿es esto todo lo que las horas corrosivas han perdonado, todo lo que ellos nos han dejado al Destino y a mi? «No.
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En la vivificante luz que brillaba en tus ojos,--haya sido cual haya sido su esencia,--encontré todo lo que mi mirada dolorosa pudo hallar de encantador sobre la tierra.
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* * * * * En estos últimos tiempos, el eterno Cóndor de los tiempos ha estremecido de tal modo mi cielo hasta en sus alturas, agrandando el tumulto producido por el pasaje y la huida de los años, y tengo tan obstinadamente los ojos fijos en el inquietante horizonte, que no me queda tiempo para mis dulces ocios.
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Y ahora me será más.
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¡Oh, qué mundo de alegría expresa su melodía! ¡Qué retintín de cristal en el ambiente glacial! Mientras las luces astrales que titilan en los cielos se miran en los cristales de los hielos, y sube la nota única como un ágil rima rúnica que allá en la noche serena va dilatando sus ecos por el último confín, y la campanilla suena dilín, dilín.
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la muerte, hasta el punto de, en su duelo, sus canciones terminar, y el clamor de la esperanza con el triste ritornelo de jamás, ¡y nunca más!» Mas el cuervo, provocando mi alma triste a la sonrisa mi sillón rodé hasta el frente al ave, al busto, a la cornisa; luego, hundiéndome en la seda, fantasía y fantasía dime entonces a juntar, por saber qué pretendía aquel pájaro ominoso de un pasado inmemorial, aquel hosco, torvo, infausto, cuervo lúgubre y odioso al graznar: «¡Nunca jamás!» Quedé aquesto, investigando frente al cuervo en honda calma, cuyos ojos encendidos me abrasaban pecho y alma.
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