The Works of Edgar Allan Poe — Volume 2

By Edgar Allan Poe

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iron! A suffocating odour pervaded the prison! A
deeper glow settled each moment in the eyes that glared at my agonies!
A richer tint of crimson diffused itself over the pictured horrors of
blood. I panted! I gasped for breath! There could be no doubt of the
design of my tormentors--oh! most unrelenting! oh! most demoniac of
men! I shrank from the glowing metal to the centre of the cell. Amid the
thought of the fiery destruction that impended, the idea of the coolness
of the well came over my soul like balm. I rushed to its deadly brink.
I threw my straining vision below. The glare from the enkindled roof
illumined its inmost recesses. Yet, for a wild moment, did my spirit
refuse to comprehend the meaning of what I saw. At length it forced--it
wrestled its way into my soul--it burned itself in upon my shuddering
reason.--Oh! for a voice to speak!--oh! horror!--oh! any horror but
this! With a shriek, I rushed from the margin, and buried my face in my
hands--weeping bitterly.

The heat rapidly increased, and once again I looked up, shuddering as
with a fit of the ague. There had been a second change in the cell--and
now the change was obviously in the form. As before, it was in vain that
I, at first, endeavoured to appreciate or understand what was taking
place. But not long was I left in doubt. The Inquisitorial vengeance had
been hurried by my two-fold escape, and there was to be no more dallying
with the King of Terrors. The room had been square. I saw that two of
its iron angles were now acute--two, consequently, obtuse. The fearful
difference quickly increased with a low rumbling or moaning sound. In an
instant the apartment had shifted its form into that of a lozenge. But
the alteration stopped not here-I neither hoped nor desired it to stop.
I could have clasped the red walls to my bosom as a garment of eternal
peace. "Death," I said, "any death but that of the pit!" Fool! might I
have not known that into the pit it was the object of the burning iron
to urge me? Could I resist its glow? or, if even that, could I withstand
its pressure? And now, flatter and flatter grew the lozenge, with a
rapidity that left me no time for contemplation. Its centre, and of
course, its greatest width, came just over the yawning gulf. I shrank
back--but the closing walls pressed me resistlessly onward. At length
for my seared and writhing body there was no longer an inch

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Text Comparison with Cuentos Clásicos del Norte, Primera Serie

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[Illustration: Ritrato de Edgar Allan Poe] SUMARIO PÁGINA INTRODUCCIÓN V EL BARRIL DE AMONTILLADO 3 EL ESCARABAJO DE ORO 17 LA RUINA DE LA CASA DE ÚSHER 75 LIGEIA 107 LA MÁSCARA DE LA MUERTE ROJA 135 EL CRIMEN DE LA RUE.
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Poseía, sin embargo, cualidades más profundas que le hacen totalmente distinto de los modelos ingleses ante el criterio de los Estados Unidos.
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Hubo luego un largo y obstinado silencio.
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Terminaba casi la última, la undécima; faltaba colocar una piedra solamente y la argamasa para asegurarla.
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" No sería extraño que los parientes de Legrand, juzgándole de mente algo perturbada, hubieran contribuído a infundir a Júpiter esta obstinación con el objeto de mantener cierta vigilancia y tutela sobre el vagabundo.
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Apenas hablábamos; y nuestra preocupación principal consistía en los ladridos del perro que tomaba interés extraordinario en nuestros procedimientos.
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--Así puede arreglarse; tenemos que ensayar otra vez.
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--Más o menos, pero no exactamente,--repuso Legrand.
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" .
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Es indudable que la conciencia del rápido desarrollo de mi superstición--¿por qué no llamarla así?--sirvió sólo para acrecentarla.
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sus enflaquecidos dedos entre los cuales brotaban lágrimas apasionadas.
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"--Hablando así, y bajando cuidadosamente la pantalla de su lámpara, dirigióse con rapidez a una de las ventanas y la abrió de par en par ante la tempestad.
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¡Con qué inmenso triunfo, con qué vívido deleite, con cuánto de todo aquello que es etéreo en la esperanza, sentía, al inclinarse ella sobre mí en los estudios, sin buscarla ni comprenderla, aquella deliciosa mirada dilatándose por grados ante mis ojos; y a través de cuyo largo, radiante y virgen sendero podría al fin alcanzar la meta de una sabiduría demasiado adorablemente preciosa para no estar vedada a los mortales! ¡Imaginad ahora cuán agudo sería el pesar con que contemplé años más tarde cómo brotaron alas a mis justas esperanzas, y volaron con ella a la inmensidad! Sin Ligeia, yo era como un niño extraviado tentando en la obscuridad.
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el amor debía reinar con pasión extraordinaria.
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Pero aquí todo era muy distinto, como podía esperarse de la afición del duque por lo bizarro.
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Éstas, aunque de anchura ordinaria en los primeros ocho o diez pies sobre el hogar, no admitirían hasta la salida ni siquiera el paso de un gato grande.
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Las víctimas estaban sentadas de espaldas a la ventana; y por el tiempo transcurrido entre el acceso de la fiera y los alaridos, se comprende que no notaron su presencia en el primer momento.
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Una noche en que me hallaba sentado, medio embrutecido, en uno de aquellos antros de infamia, atrajo repentinamente mi atención un objeto negro que reposaba en lo alto de uno de los enormes barriles de ginebra o de ron que constituían el principal mueblaje del departamento.
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Con mi odio por el gato parecía aumentar, sin embargo, su predilección por mí.
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Habría pasado una hora o algo así después que abandoné la goleta cuando, habiendo descendido a gran distancia debajo del sitio en que yo me encontraba, dió tres o cuatro giros violentos en rápida sucesión y, arrastrando a mi amado hermano en su seno, se precipitó de una vez para siempre en el caos de espuma del abismo.