The Works of Edgar Allan Poe — Volume 1

By Edgar Allan Poe

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who so loved him, yet who grew daily more dispirited
and weak. And in sooth some who beheld the portrait spoke of its
resemblance in low words, as of a mighty marvel, and a proof not less of
the power of the painter than of his deep love for her whom he depicted
so surpassingly well. But at length, as the labor drew nearer to its
conclusion, there were admitted none into the turret; for the painter
had grown wild with the ardor of his work, and turned his eyes from
canvas merely, even to regard the countenance of his wife. And he would
not see that the tints which he spread upon the canvas were drawn from
the cheeks of her who sate beside him. And when many weeks had passed,
and but little remained to do, save one brush upon the mouth and one
tint upon the eye, the spirit of the lady again flickered up as the
flame within the socket of the lamp. And then the brush was given,
and then the tint was placed; and, for one moment, the painter stood
entranced before the work which he had wrought; but in the next, while
he yet gazed, he grew tremulous and very pallid, and aghast, and crying
with a loud voice, 'This is indeed Life itself!' turned suddenly to
regard his beloved:--She was dead!"

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Text Comparison with Poemas

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Esto vio el mundo con Edgar Allan Poe, el cisne desdichado que mejor ha conocido el ensueño y la muerte.
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Tú como ellas eres llama del infinito amor.
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El dón mitológico parece nacer en él por lejano atavismo, y vese en su poesía un claro rayo del país del sol y azul en que nacieron sus antepasados.
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--¡Qué ojos tan tremendos tiene el señor Poe!--me dijo una señora.
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El Sr.
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La Ciencia impide al poeta penetrar y tender las alas en la atmósfera de las verdades ideales.
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En el diálogo entre Oinos y Agathos pretende sondear el misterio de la divina inteligencia; así como en los de Monos y Una y de Eros y Charmion penetra en la desconocida sombra de la Muerte, produciendo, como pocos, extraños vislumbres en su concepción del espíritu en el espacio y en el tiempo.
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1849.
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Pero habló.
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Pero, oíd.
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¡Tu corazón, tu corazón! Me despierto y suspiro y vuelvo a dormirme para ensoñar hasta el día de la verdad, que el oro,--capaz de tantas locuras,--no podrá jamás comprar.
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Aunque serena, la noche fruncirá su ceño, y las estrellas, de lo alto de sus tronos celestes, no bajarán más sus miradas con un resplandor parecido al de la esperanza que se concede a los mortales; pero sus órbitas rojas, desprovistas de todo rayo, serán para tu corazón marchito como una quemadura, como una fiebre que querrá unirse a ti para siempre.
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¡Melodiosa y cristalina suena, suena, suena, suena, suena, suena la nota ágil y argentina con metálico y alegre y límpido retintín! II ¡Escuchad! Un dulce coro puebla la atmósfera toda: son las campanas de oro de la boda.
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esto apenas, ¡nada más! A mi alcoba retornando con el alma en turbulencia pronto oí llamar de nuevo--esta vez con más violencia, «De seguro--dije--es algo que se posa en mi persiana; pues, veamos de encontrar la razón abierta.
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» Dijo el cuervo: «¡Nunca más!» Asombrado quedé oyendo así hablar al avechucho, si bien su árida respuesta no expresaba poco o mucho; pues preciso es convengamos en que nunca hubo criatura que lograse contemplar ave alguna en la moldura de su puerta encaramada, ave o bruto reposar sobre efigie en la cornisa de su puerta, cincelada, con tal nombre: «¡Nunca más!» Mas el cuervo, fijo, inmóvil, en la grave efigie aquella, sólo dijo esa palabra, cual si su alma fuese en ella vinculada--ni una pluma sacudía, ni un acento se le oía pronunciar.
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de tu horrenda falsedad en memoria, ni una pluma dejes, negra, ¡El busto deja! ¡Deja en paz mi soledad! Quita el pico de mi pecho.