The Narrative of Arthur Gordon Pym of Nantucket Comprising the details of a mutiny and atrocious butchery on board the American brig Grampus, on her way to the South Seas, in the month of June, 1827.

By Edgar Allan Poe

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of terror, I at last found myself partially
awake. My dream, then, was not all a dream. Now, at least, I was in
possession of my senses. The paws of some huge and real monster were
pressing heavily upon my bosom--his hot breath was in my ear--and his
white and ghastly fangs were gleaming upon me through the gloom.

Had a thousand lives hung upon the movement of a limb or the utterance
of a syllable, I could have neither stirred nor spoken. The beast,
whatever it was, retained his position without attempting any immediate
violence, while I lay in an utterly helpless, and, I fancied, a dying
condition beneath him. I felt that my powers of body and mind were fast
leaving me--in a word, that I was perishing, and perishing of sheer
fright. My brain swam--I grew deadly sick--my vision failed--even the
glaring eyeballs above me grew dim. Making a last strong effort, I at
length breathed a faint ejaculation to God, and resigned myself to die.
The sound of my voice seemed to arouse all the latent fury of the
animal. He precipitated himself at full length upon my body; but what
was my astonishment, when, with a long and low whine, he commenced
licking my face and hands with the greatest eagerness, and with the
most extravagant demonstrations of affection and joy! I was bewildered,
utterly lost in amazement--but I could not forget the peculiar whine of
my Newfoundland dog Tiger, and the odd manner of his caresses I well
knew. It was he. I experienced a sudden rush of blood to my temples--a
giddy and overpowering sense of deliverance and reanimation. I rose
hurriedly from the mattress upon which I had been lying, and, throwing
myself upon the neck of my faithful follower and friend, relieved the
long oppression of my bosom in a flood of the most passionate tears.

As upon a former occasion, my conceptions were in a state of the
greatest indistinctness and confusion after leaving the mattress. For a
long time I found it nearly impossible to connect any ideas--but, by
very slow degrees, my thinking faculties returned, and I again called
to memory the several incidents of my condition. For the presence of
Tiger I tried in vain to account; and after busying myself with a
thousand different conjectures respecting him, was forced to content
myself with rejoicing that he was with me to share my dreary solitude,
and render me comfort by his caresses. Most people love their dogs--but
for Tiger I had an affection far more ardent than common; and never,
certainly, did any

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Text Comparison with Poemas

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--Imp.
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Anda en la tierra otra que ha usurpado tu nombre, y que, en vez de la antorcha, lleva la tea.
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Por voluntad de Dios suele brotar de entre esos poderosos monstruos algún sér de superior naturaleza, que tiende las alas a la eterna Miranda de lo ideal.
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Frente al balcón, vestido de rosas blancas, por donde en el Paraíso asoma tu faz de generosos y profundos ojos, pasan tus hermanas y te saludan con una sonrisa, en la maravilla de tu virtud, ¡oh, mi ángel consolador; oh, mi esposa! La primera que pasa es Irene, la dama brillante de palidez extraña, venida de allá, de los marea lejanos; la segunda es Eulalia, la dulce Eulalia, de cabellos de oro y ojos de violeta, que dirige al Cielo su mirada; la tercera es Leonora, llamada así por los ángeles, joven y radiosa en el Edén distante; la otra es Francés, la amada que calma las penas con su recuerdo; la otra es Ulalume, cuya sombra yerra en la nebulosa región de Weir, cerca del sombrío lago de Auber; la otra Helen, la que fué vista por la primera vez a la luz de perla de la Luna; la otra Annie, la de los ósculos y las caricias y oraciones por el adorado; la otra Annabel Lee, que amó con un amor envidia de los serafines del Cielo; la otra Isabel, la de los amantes coloquios en la claridad lunar; Ligeia, en fin, meditabunda, envuelta en un velo de extraterrestre esplendor.
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Whitman.
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Después de todo, ese sér trágico, de historia tan extraña y romancesca, dio su primer vagido entre las coronas marchitas de una comedianta, la cual le dio vida bajo el imperio del más ardiente amor.
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» Ya en su edad viril, recuérdale el bibliófilo Gowans: «Poe tenía un exterior notablemente agradable y que predisponía en su favor: lo que las damas llamarían claramente bello.
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¿Apolo, el crinado numen lírico, no es el prototipo de la belleza viril? Mas no todos sus hijos nacen con dote tan espléndido.
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Mi madre, mi propia madre, que murió en buena hora, no era sino mi madre.
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EL REINO DE LAS HADAS Valles oscuros, torrentes umbríos, bosques nebulosos en los cuales nadie puede descubrir las formas a causa de las lágrimas que gota a gota se lloran de todas partes! Allá, lunas desmesuradas crecen y decrecen, siempre, ahora, siempre, a cada instante de la noche, cambiando siempre de lugar, y bajo el hálito de sus faces pálidas ellas oscurecen el resplandor de las temblorosas estrellas.
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1827.
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Y el bronce alarmante clama, clama, clama como se extiende la injuria del incendio y crece en furia, y es ya locura el pavor.
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¡Misteriosas y lejanas me persiguen tus miradas como dos estrellas fijas, como dos estrellas tristes, como dos estrellas blancas! DREAMLAND I En una senda abandonada y triste que recorren tan sólo ángeles malos, una extraña Deidad la negra Noche ha erigido su trono solitario; allí llegué una vez; crucé atrevido de Thule ignota los contornos vagos y al Reino entré que extiende sus confines fuera del Tiempo y fuera del Espacio.
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» Dijo el cuervo: «¡Nunca más!» Asombrado quedé oyendo así hablar al avechucho, si bien su árida respuesta no expresaba poco o mucho; pues preciso es convengamos en que nunca hubo criatura que lograse contemplar ave alguna en la moldura de su puerta encaramada, ave o bruto reposar sobre efigie en la cornisa de su puerta, cincelada, con tal nombre: «¡Nunca más!» Mas el cuervo, fijo, inmóvil, en la grave efigie aquella, sólo dijo esa palabra, cual si su alma fuese en ella vinculada--ni una pluma sacudía, ni un acento se le oía pronunciar.
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nunca jamás! FIN.