The Narrative of Arthur Gordon Pym of Nantucket Comprising the details of a mutiny and atrocious butchery on board the American brig Grampus, on her way to the South Seas, in the month of June, 1827.

By Edgar Allan Poe

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her, hammering with large stones,
axes, and cannon balls at the bolts and other copper and iron work. On
the beach, and in canoes and rafts, there were not less, altogether, in
the immediate vicinity of the schooner, than ten thousand natives,
besides the shoals of them who, laden with booty, were making their way
inland and over to the neighbouring islands. We now anticipated a
catastrophe, and were not disappointed. First of all there came a smart
shock (which we felt distinctly where we were as if we had been
slightly galvanized), but unattended with any visible signs of an
explosion. The savages were evidently startled, and paused for an
instant from their labours and yellings. They were upon the point of
recommencing, when suddenly a mass of smoke puffed up from the decks,
resembling a black and heavy thunder-cloud--then, as if from its
bowels, arose a tall stream of vivid fire to the height, apparently, of
a quarter of a mile--then there came a sudden circular expansion of the
flame--then the whole atmosphere was magically crowded, in a single
instant, with a wild chaos of wood, and metal, and human limbs--and,
lastly, came the concussion in its fullest fury, which hurled us
impetuously from our feet, while the hills echoed and re-echoed the
tumult, and a dense shower of the minutest fragments of the ruins
tumbled headlong in every direction around us.

The havoc among the savages far exceeded our utmost expectation, and
they had now, indeed, reaped the full and perfect fruits of their
treachery. Perhaps a thousand perished by the explosion, while at least
an equal number were desperately mangled. The whole surface of the bay
was literally strewn with the struggling and drowning wretches, and on
shore matters were even worse. They seemed utterly appalled by the
suddenness and completeness of their discomfiture, and made no efforts
at assisting one another. At length we observed a total change in their
demeanour. From absolute stupor they appeared to be, all at once,
aroused to the highest pitch of excitement, and rushed wildly about,
going to and from a certain point on the beach, with the strangest
expressions of mingled horror, rage, and intense curiosity depicted on
their countenances, and shouting, at the top of their voices,
_Tekeli-li! Tekeli-li!_

Presently we saw a large body go off into the hills, whence they
returned in a short time, carrying stakes of wood. These they brought
to the station where the crowd was the thickest, which now separated so
as to afford us a view of the object of all this excitement. We
perceived something white lying on

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Text Comparison with Poemas

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Esto vio el mundo con Edgar Allan Poe, el cisne desdichado que mejor ha conocido el ensueño y la muerte.
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En medio de los martirios de la vida, me refrescas y alientas con el aire de tus alas, porque si partiste en tu forma humana al viaje sin retorno, siento la venida de tu sér inmortal, cuando las fuerzas me faltan o cuando el dolor tiende hacia mí el negro arco.
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Nacido en un país de vida práctica y material, la influencia del medio obra en él al contrario.
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Poe nació con el envidiable dón de la belleza corporal.
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Jamás he visto otros ojos que en algo se le parecieran.
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Nació con la adorable llama de la poesía, y ella le alimentaba al propio tiempo que era su martirio.
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.
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Tristemente, sé que estoy desposeído de mi fuerza, y no muevo un músculo mientras estoy tendido, todo a lo largo.
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¡Ah! las estrellas de la noche brillan bastante menos que los ojos de esa radiante niña! Y jamás girón de vapor emergido en un irisado claro de luna, podrá compararse al bucle más descuidado de la modesta Eulalia, podrá compararse al bucle más humilde y más descuidado de Eulalia, la de los brillantes ojos! La duda y la pena no me invaden jamás, ahora, porque su alma me entrega suspiro por suspiro.
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Querida niña, ¿no tienes miedo? ¿Por qué, y con qué sueñas? Has venido, ciertamente, de mares muy lejanos; ¿no eres una maravilla para los árboles de ese jardín? Extraña es tu palidez, extraño tu vestido, extraña sobre todo, la longitud de tus cabellos, y todo este silencio solemne.
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el seno de los cielos constelados, por más de que hasta allí subiera con ala intrépida? ¿No has arrancado Diana a su carro, y obligado a las hamadriadas de la selva a buscar un asilo en alguna otra estrella más feliz? ¿No has sacado a la náyade de su ola, al elfo de su pradera verde y a mí mismo no me has arrebatado mi sueño estival bajo los tamarindos? 1829.
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Hacia la duodécima hora del cuadrante nocturno una luna más nebulosa que las otras,--de una.
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Pero cuando la noche tendía su sudario sobre ese lugar como sobre todas las cosas, y se agregaba el místico viento murmurando su melodía, entonces, ¡oh, entonces se despertaba siempre en mí el terror por ese lago solitario! Y sin embargo ese terror no era miedo, sino una turbación deliciosa, un sentimiento que ninguna mina de piedras preciosas podría inspirarme o convidarme a definir, ni el amor mismo, aunque ese amor fuera el tuyo.
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El día más hermoso, la hora más feliz que mis ojos hayan visto y hayan podido ver jamás, mi más brillante mirada de orgullo y de poderío, todo eso ha existido pero ya no existe; yo lo siento.
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¡Qué solemnes pensamientos despiertan esos acentos! Del lento y triste sonido cada toque, cada nota en el vago viento flota como doliente gemido, y de la noche en la calma el melancólico són, siente estremecida el alma cual solemne admonición.
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VII Y yo le dije: «Tu terror es vano, sigamos esa luz trémula y pura, que nos bañen sus rayos cristalinos, sus rayos sibilinos que ya auguran e irradian la belleza y la esperanza.
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» Dijo el cuervo:»¡Nunca más!» Por respuesta tan abrupta como justa sorprendido, «no hay ya duda alguna--dije--lo que dice es aprendido; aprendido de algún amo desdichoso a quien la suerte persiguiera sin cesar, persiguiera hasta.
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la muerte, hasta el punto de, en su duelo, sus canciones terminar, y el clamor de la esperanza con el triste ritornelo de jamás, ¡y nunca más!» Mas el cuervo, provocando mi alma triste a la sonrisa mi sillón rodé hasta el frente al ave, al busto, a la cornisa; luego, hundiéndome en la seda, fantasía y fantasía dime entonces a juntar, por saber qué pretendía aquel pájaro ominoso de un pasado inmemorial, aquel hosco, torvo, infausto, cuervo lúgubre y odioso al graznar: «¡Nunca jamás!» Quedé aquesto, investigando frente al cuervo en honda calma, cuyos ojos encendidos me abrasaban pecho y alma.
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