Cuentos Clásicos del Norte, Primera Serie

By Edgar Allan Poe

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si la persona que la levanta puede hacer otra
en el mismo palo. Reconoce la jugada fingida por el aire con que se
arrojan las cartas sobre la mesa. Una palabra casual o inadvertida; la
caída o voltereta accidental de una carta, con la ansiedad consiguiente
o la negligencia para ocultarla; el recuento de las bazas con el orden
de arreglo; el embarazo, vacilación, angustia o trepidación, todo ofrece
a su percepción aparentemente intuitiva indicaciones sobre el verdadero
estado del asunto. Después de haberse jugado las dos o tres primeras
vueltas, encuéntrase en plena posesión del contenido de las cartas de
cada jugador y desde aquel momento juega las suyas con absoluta
precisión, como si el resto de la partida jugara a cartas vueltas.

La facultad analítica no debe confundirse con la simple ingeniosidad;
porque si bien el analizador es ingenioso necesariamente, el hombre
ingenioso es a menudo incapaz de analizar. La facultad de encadenar y
combinar, por medio de la cual se manifiesta generalmente la
ingeniosidad, y a la que han señalado los frenólogos, erróneamente a mi
entender, un órgano separado juzgándola cualidad primitiva, hase
encontrado con tanta frecuencia en aquellos cuyo cerebro está casi en
los confines del idiotismo, que ha atraído la atención de los psicólogos
en general. Entre la ingeniosidad y la habilidad analítica existe mucho
mayor diferencia, en verdad, que entre la fantasía y la imaginación, aun
cuando tienen caracteres de estricta analogía. Se advertirá, en efecto,
que el ingenioso es siempre fantástico, en tanto que el _verdadero_
imaginativo nunca procede sino por análisis.

La narración que sigue representará para el lector un ligero comentario
de la proposición que acabo de sentar.

Durante mi residencia en París, en la primavera y parte del verano de
18--, conocí a Monsieur Auguste Dupín. Este caballero era de excelente,
más aún, de ilustre familia; pero, debido a una sucesión de
acontecimientos adversos, había llegado a tal extremo de pobreza que
sucumbió la energía de su carácter y cesó de frecuentar la sociedad y de
preocuparse por restaurar su fortuna. Por cortesía de sus acreedores
conservaba todavía en su poder una pequeña porción de su patrimonio, con
cuya renta arreglábase para procurarse lo indispensable con ayuda de la
más estricta economía, prescindiendo por completo de todas las
superfluidades. Los libros eran su único lujo, y en París se pueden
conseguir a poco costo.

Nos encontramos por primera vez en una obscura librería de la rue
Montmartre, donde la circunstancia de buscar ambos el mismo raro y
valioso ejemplar nos hizo entrar en comunión más estrecha. Nos buscamos
luego una y otra vez. Yo estaba profundamente interesado en la pequeña
historia

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Text Comparison with The Works of Edgar Allan Poe — Volume 5

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The masqueraders, by this time, had recovered, in some measure, from their alarm; and, beginning to regard the whole matter as a well-contrived pleasantry, set up a loud shout of laughter at the predicament of the apes.
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They grew out of a personal defect in his mother.
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the old gentleman to make any other gentleman jump? The little old dot-and-carry-one! who is he? If he asks me to jump, I won't do it, that's flat, and I don't care who the devil he is.
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As for the matter of that, there could have been no better pioneer than "Old Charley," whom everybody knew to have the eye of a lynx; but, although he led them into all manner of out-of-the-way holes and corners, by routes that nobody had ever suspected of existing in the neighbourhood, and although the search was incessantly kept up day and night for nearly a week, still no trace of Mr.
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And fait that same is no wonder at all at all (so be plased to stop curlin your nose), for every inch o' the six wakes that I've been a gintleman, and left aff wid the bogthrothing to take up wid the Barronissy, it's Pathrick that's been living like a houly imperor, and gitting the iddication and the graces.
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"In asphaltum," persisted Mr.
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The Scarabaeus, the Ibis, etc.
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It was not forthcoming.
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I cannot better introduce the few poems which I shall present for your consideration, than by the citation of the Proem to Longfellow's "Waif":-- The day is done, and the darkness Falls from the wings of Night, As a feather is wafted downward From an Eagle in his flight.
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No poet is so little of the earth, earthy.
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The criticisms of the editor do not particularly please us.
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the sacred name of poetry, a series, such as this, of elaborate and threadbare compliments, stitched, apparently, together, without fancy, without plausibility, and without even an attempt at adaptation.
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1849.
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Now Doubt--now Pain Come never again, For her soul gives.
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1845.
Page 143
The bells!-ah, the bells! The little silver bells! How fairy-like a melody there floats From their throats-- From their merry little throats-- From the silver, tinkling throats Of the bells, bells, bells-- Of the bells! II.
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"We are not impotent--we pallid stones.
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What matters it- What matters it, my fairest, and my best, That we go down unhonored and forgotten Into the dust--so we descend together.
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Tottering above In her highest noon The enamoured moon Blushes with love, While, to listen, the red levin (With the rapid Pleiads, even, Which were seven,) Pauses in Heaven And they say (the starry choir And all the listening things) That Israfeli's fire Is owing to that lyre By which he sits and sings-- The trembling living wire Of those unusual strings.
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So when in tears The love of years Is wasted like the snow, And the fine fibrils of its life By the rude wrong of instant strife Are broken at a blow Within the heart Do springs upstart Of which it doth.