Cuentos Clásicos del Norte, Primera Serie

By Edgar Allan Poe

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príncipe había dirigido personalmente, en su mayor parte, la
decoración fantástica de las siete cámaras, con motivo de su gran
festival; y había decidido según su propia inspiración el carácter de la
mascarada. A buen seguro que los disfraces eran extravagantes. Mucho
brillo y relumbrón; mucho de agresivo y fantasmagórico; mucho de lo que
de entonces acá se ha observado después en _Ernani_. Encontrábanse
figuras arabescas con miembros y accesorios extraños. Había fantasías
delirantes como las creaciones de un loco. Había mucho de belleza, mucho
de ingenio, mucho de bizarría, algo de terrorífico y no poco de lo que
podía inspirar aversión. Acá y allá en las siete cámaras discurrían
muchos desvaríos, en verdad; desvaríos que serpeaban entrando y
saliendo, tomando el colorido de las habitaciones y haciendo pensar que
la música descabellada de la orquesta era el eco de sus pasos. A poco,
dió la hora el reloj de ébano colocado en el salón de terciopelo. Y
entonces todo quedó silencioso y en suspenso, dejándose oír únicamente
la voz del reloj. Los desvaríos quedaron rígidos y helados en su
inmovilidad. Mas pronto se desvanecieron los ecos de las campanadas,
cuya duración había sido apenas de un instante; y una risa ligera,
velada a medias, flotó tras ellos mientras se apagaban. Otra vez
comienza la música, viven los desvaríos, y más risueños que nunca se
deslizan por doquier, apropiándose los tintes de las ventanas coloreadas
por los rayos que reflejan las trípodes. Pero ninguna de las máscaras se
aventura hasta el séptimo salón hacia el occidente; porque la noche
avanza; y una luz más bermeja penetra a través de los rojos cristales; y
la negrura de la tétrica drapería causa pavor; y todo aquel que huella
la negra alfombra de la cámara escucha resonar las campanadas del reloj
de ébano con sordo estruendo y énfasis más solemne que el que perciben
los oídos de los que se entregan a la alegría en habitaciones más
lejanas. Pero en los demás salones había densa muchedumbre y batía
febrilmente el corazón de la vida. Y el regocijo remolineaba sin cesar,
hasta que al cabo brotó del reloj el son de media noche. Y entonces se
suspendió la música, como he dicho; detuviéronse las evoluciones de los
bailarines y reinó como antes una medrosa paralización de la alegría.
Esta vez eran doce las campanadas que debía dar el reloj; por esto
aconteció quizá que, con mayor tiempo, brotaran más recuerdos en la
imaginación de algunos pensativos concurrentes a la fiesta. Y quizá por
esto aconteció también que, antes de que el eco de la duodécima
campanada hubiérase hundido en el silencio,

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Text Comparison with The Narrative of Arthur Gordon Pym of Nantucket Comprising the details of a mutiny and atrocious butchery on board the American brig Grampus, on her way to the South Seas, in the month of June, 1827.

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Throughout the whole of the next tedious twenty-four hours no person came to my relief, and I could not help accusing Augustus of the grossest inattention.
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Having got, after a long search, a small piece of the note, I put it to the dog's nose, and endeavoured to make him understand that he must bring me the rest of it.
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For some hours past it had been with the greatest difficulty I could breathe at all, and now each attempt at so doing was attended with the most distressing spasmodic action of the chest.
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Presently I relapsed into my stupor, from which I was again awakened in a similar manner.
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Near the hole cut through the bulkhead by Augustus there was room enough for an entire cask, and in this space I found myself comfortably situated for the present.
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Our good fortune prevailed, however; and although he frequently touched it as the vessel rolled, he never pressed against it sufficiently to bring about a discovery.
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As usual, the crew were nearly all drunk; and, before sail could be properly taken in, a violent squall laid the brig on her beam-ends.
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The fate of this villain, however, was speedily and silently decided; for Peters, approaching him in a careless manner, as if about to address him, seized him by the throat, and, before.
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Of the remaining seven there were but three who had at first any degree of presence of mind.
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Small splinters of wood were made to answer our purpose, and it was agreed that I should be the holder.
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I recovered from my swoon in time to behold the consummation of the tragedy in the death of him who had been chiefly instrumental in bringing it about.
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A bright spot to the southward is the sure forerunner of the change, and vessels are thus enabled to take the proper precautions.
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On the twenty-first, the weather being unusually pleasant, we again made sail to the southward,.
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In going over the bows his foot slipped, and he fell between two cakes of ice, never rising again.
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This, too, was precisely like the first, except in its longitudinal shape, which was thus.
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Upon the ledge where we stood there grew some filbert-bushes; and to one of these we made fast an end of our rope of handkerchiefs.
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Our situation was one of the greatest peril, and we were hesitating in which path to commence a flight, when one of the savages whom I had shot, and supposed dead, sprang briskly to his feet, and attempted to make his escape.
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Our hope was, at best, a forlorn one, but we had none other.
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In coming from the northward in the Jane Guy we had been gradually leaving behind us the severest regions of ice--this, however little it may be in accordance with the generally-received notions respecting the Antarctic, was a fact experience would not permit us to deny.
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