Cuentos Clásicos del Norte, Primera Serie

By Edgar Allan Poe

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al dar la vuelta en la cámara, veíase
rodeado el visitante de una sucesión interminable de los horrendos
fantasmas que pueblan las supersticiones normandas, o que toman cuerpo
en los ensueños infernales de los monjes. El efecto fantástico se
acrecentaba con la introducción de una corriente de aire artificial
detrás de las draperías, que prestaba al conjunto lúgubre e inquietadora
animación.

En salones semejantes, en cámara nupcial como la que acabo de describir,
pasé con la castellana de Tremaine las impías horas del primer mes de
matrimonio, horas que transcurrieron sin mayores perturbaciones. No pude
dejar de apercibirme, sin embargo, de que mi mujer temía los fieros
impulsos de mi carácter, que me amaba poco, y trataba de esquivarme;
pero esto me produjo más bien placer que cualquier otro sentimiento. La
detestaba con odio demoniaco más que humano. Mi memoria retrocedía (¡oh!
¡con cuánta intensidad de pesar!) a Ligeia, la bien amada, la augusta,
la bella, la desaparecida. Gozaba con las reminiscencias de su pureza,
su erudición, su elevación de espíritu, su naturaleza etérea, su
apasionado e idolátrico amor. Y entonces ardía mi espíritu plena y
libremente con fuego mayor aún que el que a ella la consumía. En la
exaltación de mis sueños de opio (porque habitualmente estaba sumido en
los efectos de esta substancia), llamábala en voz alta por su nombre en
el silencio de la noche, o en los lugares más recónditos del valle
durante el día, como si por medio de mi salvaje anhelo, de la pasión
solemne, del ardor nostálgico que me consumía por la muerta, pudiera yo
volverla a la senda que había abandonado sobre la tierra. (¡Ah! ¿era
posible que _esto_ fuera para siempre?)

Al iniciarse el segundo mes de matrimonio, Lady Rowena se sintió atacada
de repentino malestar, del cual se recobraba con lentitud. La fiebre que
la consumía hacía sus noches intranquilas; y en su inconsciente estado
de media vigilia, hablaba de ruidos, de movimientos dentro y alrededor
de la cámara de la torrecilla; lo cual deduje yo que no tenía otro
origen que el desarreglo de su mente o quizá la influencia
fantasmagórica de la misma habitación. Al fin entró en convalecencia;
luego se restableció por completo. Pero, apenas hubo transcurrido un
breve período, un nuevo acceso, más violento que el primero, la arrojó
de nuevo en el lecho del dolor; y de este segundo ataque nunca llegó a
recobrarse su constitución, débil en todo tiempo. Su enfermedad asumió
desde entonces caracteres alarmantes y la más severa persistencia,
desafiando la ciencia y los desvelos de los médicos. Con la exacerbación
del malestar crónico que la aquejaba, y que aparentemente

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Text Comparison with The Works of Edgar Allan Poe — Volume 2

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His frequent absences from home at night, which were hailed by the Prefect as certain aids to his success, I regarded only as ruses, to afford opportunity for thorough search to the police, and thus the sooner to impress them with the conviction to which G--, in fact, did finally arrive--the conviction that the letter was not upon the premises.
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I confess, however, that I should like very well to know the precise character of his thoughts, when, being defied by her whom the Prefect terms 'a certain personage' he is reduced to opening the letter which I left for him in the card-rack.
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"'It was just after this adventure that we encountered a continent of immense extent and prodigious solidity, but which, nevertheless, was supported entirely upon the back of a sky-blue cow that had no fewer than four hundred horns.
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I need not go into details.
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He was.
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The nerve conveys similar ones to the brain; the brain, also, similar ones to the unparticled matter which permeates it.
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I had not seen him for ten days, and was appalled by the fearful alteration which the brief interval had wrought in him.
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Valdemar would die about midnight on the morrow (Sunday).
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The cat followed me down.
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suspicions.
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Among other things, I hold painfully in mind a certain singular perversion and amplification of the wild air of the last waltz of Von Weber.
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The external world could take care of itself.
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These orders were sufficient, I well knew, to insure their immediate disappearance, one and all, as soon as my back was turned.
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He emptied it at a breath.
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I will therefore describe it as I afterwards saw it--from a position on the stone wall at the southern extreme of the amphitheatre.
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I know not how it is, but this peculiar expression of the eye, wreathing itself occasionally into the lips, is the most powerful, if not absolutely the sole spell, which rivets my interest in woman.
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In other angles were two other similar boxes, far less reverenced, indeed, but still greatly matters of awe.
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Excited by such appliances to vice, my constitutional temperament broke forth with redoubled ardor, and I spurned even the common restraints of decency in the mad infatuation of my revels.
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Be Wilson what he might, this, at least, was but the veriest of affectation, or of folly.
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He told of a wild cry disturbing the silence of the night--of the gathering together of the household--of a search in the direction of the sound; and then his tones grew thrillingly distinct as he whispered me of a violated grave--of a disfigured body enshrouded, yet still breathing--still palpitating--_still alive_! He pointed to garments;--they were muddy and clotted with gore.