Cuentos Clásicos del Norte, Primera Serie

By Edgar Allan Poe

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Su manera de
ser cambió enteramente. Olvidaba o descuidaba sus ocupaciones
ordinarias. Vagaba de pieza en pieza con paso precipitado, desigual y
sin objeto. Su palidez asumía tonos aun más cadavéricos, a ser posible;
pero la lumbre de sus ojos habíase extinguido por completo. La aspereza
incidental de su voz no se dejaba oír ya más; y cierto estremecimiento
convulsivo, como de excesivo terror, caracterizaba habitualmente su
lenguaje. En ocasiones parecíame que su mente turbada luchaba sin cesar
con algún opresor secreto, para revelar el cual necesitaba apelar a todo
su valor; pero otras veces me veía obligado a juzgar todas estas
manifestaciones como simples extravagancias provocadas por su locura,
porque notaba que se quedaba mirando al vacío horas enteras en actitud
de profunda atención, como si escuchara sonidos imaginarios. No es de
extrañar que su estado me aterrorizara, me contagiara. Sentía ya que se
apoderaba de mí por grados la influencia desordenada de sus fantásticas
y perturbadoras supersticiones.

Al retirarme tarde a descansar una noche, siete u ocho días después de
depositar el cuerpo de Lady Mádeline en el calabozo, pude apreciar
mejor que nunca el alcance de tales impresiones. El sueño había huído de
mis párpados mientras las horas transcurrían una tras otra. Intenté
raciocinar para dominar la nerviosidad que se había apoderado de mi
espíritu; procuré convencerme de que gran parte si no todo lo que sentía
era debido a la inquietadora influencia de la lúgubre mueblería de la
habitación, a las sombrías y desgarradas draperías que, torturadas por
el aliento de una tempestad cercana, batíanse acá y allá caprichosamente
sobre los muros y susurraban medrosamente entre las decoraciones del
lecho. Pero mis esfuerzos fueron infructuosos. Un temblor invencible se
apoderó de mí gradualmente; y al fin pesó sobre mi corazón una alarma
aguda e infundada. Dominándola con pena y respirando fuertemente me
enderecé sobre las almohadas, tratando ansiosamente de penetrar la
intensa obscuridad de la cámara; y escuché entonces, no sé cómo, a menos
que algún espíritu del instinto me incitara, ciertos ruidos sordos e
indistintos que venían a largos intervalos, yo no sé de dónde, entre las
pausas de la tempestad. Oprimido por un intenso sentimiento de horror,
tan extraordinario como intolerable, me eché encima la ropa
precipitadamente, sabiendo bien que no podría ya dormir aquella noche, y
traté de reaccionar contra la condición deplorable en que me encontraba,
dando paseos forzados de un extremo a otro de la habitación.

Había dado así algunas vueltas, cuando un leve paso en la escalera
contigua atrajo mi atención. Reconocí inmediatamente a Úsher. Un
instante después llamó, en efecto, a mi puerta con suave golpear, y
entró llevando una

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Text Comparison with Eureka: A Prose Poem

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I have now lying before me"--it will be observed that we still proceed with the letter--"I have now lying before me a book printed about a thousand years ago.
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But it is in the act of discontinuing the endeavor--of fulfilling (as we think) the idea--of putting the finishing stroke (as we suppose) to the conception--that we overthrow at once the whole fabric of our fancy by resting upon some one ultimate and therefore definite point.
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Of this Godhead, _in itself_, he alone is not imbecile--he alone is not impious who propounds--nothing.
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Let us now endeavor to conceive what Matter must be, when, or if, in its absolute extreme of _Simplicity_.
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Of course, it is by no means necessary to assume absolute difference, even of form, among _all_ the atoms irradiated--any more than absolute particular inequidistance of each from each.
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Had we discovered, simply, that each atom tended to some one favorite point--to some especially attractive atom--we should still have fallen upon a discovery which, in itself, would have sufficed to overwhelm the mind:--but what is it that we are actually called upon to comprehend? That each atom attracts--sympathizes with the most delicate movements of every other atom, and with each and with all at the same time, and forever, and according to a determinate law of which the complexity, even considered by itself solely, is utterly beyond the grasp of the imagination of man.
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Nevertheless, we may well wonder that Leibnitz, who was a marked exception to the general rule in these respects, and whose mental temperament was a singular admixture of the mathematical with the physico-metaphysical, did not at once investigate and establish the point at issue.
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What use I make of the idea, will be seen in the sequel.
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The second supposable objection is somewhat better entitled to an answer.
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It has been shown, indeed, that the act of whirling-off is, in every case, merely an act for the preservation of the counterbalance.
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The diameter of Jupiter has been mentioned:--it is 86,000 miles:--that of the Sun is 882,000 miles.
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Let us suppose this fixed point--sufficiently fixed for our purpose--to be the rising moon.
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He must have a care, however, lest, in pursuing too heedlessly the superficial symmetry of forms and motions, he leave out of sight the really essential symmetry of the principles which determine and control them.
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_During our Youth_ the distinction is too clear to deceive us even for a moment.
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Oriental Life Illustrated.
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Bastiat.
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--To make drawings so simple, and so gradually progressive, as to enable any teacher, whether acquainted with drawing or not, to instruct his pupils to advantage.
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By Richard Ford.
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P.
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_ _A valuable Work for Libraries.