Cuentos Clásicos del Norte, Primera Serie

By Edgar Allan Poe

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sus enflaquecidos dedos entre los cuales brotaban
lágrimas apasionadas.

La enfermedad de Lady Mádeline había burlado largo tiempo la ciencia de
sus facultativos. Una apatía continua, una gradual decadencia de su
constitución y frecuentes aunque pasajeras afecciones, de carácter
cataléptico en su mayor parte, formaban la diagnosis habitual. Al
principio luchó ella contra la fuerza del mal sin guardar cama
definitivamente; pero en la noche de mi llegada a la casa sucumbió al
poder destructor de la enfermedad, según me participó su hermano con
agitación inenarrable; y supe que lo que había vislumbrado de su persona
en aquel momento sería probablemente todo lo que llegaría a conocer de
la dama, en vida por lo menos.

Durante los días subsiguientes no se mencionó su nombre entre nosotros y
todo aquel tiempo estuve ensayando diversos entretenimientos para
aliviar la melancolía de mi amigo. Pintábamos y leíamos juntos; o
escuchaba yo como en sueños las salvajes improvisaciones con que hacía
hablar a su guitarra. Y al penetrar de esta manera más y más íntimamente
en los repliegues de su alma, pude apreciar mejor la impotencia de mis
tentativas para levantar su espíritu de la lobreguez en que se debatía;
la que, como cualidad positiva inherente, se extendía a todos los
objetos del universo físico y moral en incesante radiación de tinieblas.

Conservaré siempre el recuerdo de las horas solemnes que pasé a solas
con el heredero de la casa de Úsher. Fracasaría si intentara dar idea
exacta de la índole de los estudios y trabajos en los que me extraviaba
o me conducía. Un idealismo exaltado y exageradamente inquieto arrojaba
su luz sulfúrea sobre todo aquello. Sus largas improvisaciones de
endechas resonarán por siempre en mis oídos. Entre otras cosas, recuerdo
especialmente una extraña perversión y amplificación del aire exótico
del último vals de von Wéber. De las pinturas creadas por su complicada
fantasía y que se definían toque a toque en cierta vaguedad que me hacía
correr escalofríos, estremeciéndome sin saber por qué; de aquellos
cuadros tan vívidos que aun se conserva su imagen ante mí, trataría en
vano de expresar algo más que una pequeñísima parte capaz de encerrarse
en el compás de la palabra escrita. Por su simplicidad intensa, por la
pureza de su diseño, atraían aquellos cuadros, y sobrecogían la atención
de manera indecible. Si algún mortal pintó alguna vez la idea, aquel
mortal era ciertamente Róderick Úsher. Para mí, en las circunstancias
que me rodeaban, brotó al fin de estas extrañas fantasías que imaginaba
el hipocondriaco para arrojarlas sobre la tela, una sensación intensa de
intolerable pavor, de que no era sombra siquiera la que me hacía
experimentar

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_Tales of the Grotesque and Arabesque_ (1840).
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Sus palabras al final del _Principio poético_ deben tenerse en cuenta por todo lector que quiera comprender la índole de sus escritos: "Con respecto a la Verdad--suponiendo que la comprensión de una verdad nos lleve a percibir cierta armonía que antes pasaba inadvertida--sentimos inmediatamente el genuino efecto poético; pero este efecto se refiere únicamente a la armonía y no atañe en lo menor a la verdad que sirvió sólo para poner de manifiesto aquella armonía.
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En pocos segundos descubrió un montón de huesos humanos que formaban dos esqueletos completos, entremezclados con varios botones de metal y algo que parecía residuos de lana apolillada.
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Ocultamos entre la maleza los artículos extraídos del cofre dejando a su cuidado al perro con órdenes estrictas de Júpiter de no abandonar su puesto bajo ningún pretexto ni abrir la boca hasta nuestro regreso.
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--¡Ja! ¡ja! ¡ja!--exclamé yo,--seguramente que no tengo derecho de reírme de vos: un millón y medio de dólares es asunto demasiado serio para provocar esta clase de regocijo; pero no pretenderéis con esto establecer el tercer eslabón de vuestra cadena; no encontraréis, supongo, conexión especial entre vuestros piratas y una cabra.
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¿Qué era aquello, me detengo a pensar, aquello que enervaba tanto en la contemplación de la casa de Úsher? Misterio insoluble; ni tan siquiera podía luchar con las sombrías fantasías que acudían en tropel a mi mente cuando trataba de investigarlo.
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Éthelred.
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Y hay en los cielos una o dos estrellas, una especialmente, de sexta magnitud, doble y cambiante, que se encuentra cerca de la estrella mayor de Lira, en la cual, en medio de un examen telescópico, me di.
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" Un lapso de varios años y la reflexión consiguiente me han permitido trazar una remota relación entre este pasaje del moralista inglés y una faz del carácter de Ligeia.
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A las doce de la noche en que Ligeia desapareció, llamándome perentoriamente a su lado con la cabeza, me pidió que recitara ciertos versos compuestos por ella misma no hacía muchos días.
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Por consiguiente, después de algunos meses de viajes fatigosos y sin objeto, compré e hice reparar una abadía, que no nombraré, en uno de los más agrestes y menos frecuentados parajes de la bella Inglaterra.
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Los elevados muros, de altura gigantesca y casi desproporcionada, estaban revestidos de arriba abajo en amplios pliegues de una tapicería pesada y casi sólida, del mismo tejido que descollaba como alfombra en el pavimento, como cubierta en los divanes y en el lecho de ébano, como drapería en el dosel y como magníficas volutas en las cortinas que cubrían parcialmente la ventana.
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Pero en los corredores que rodeaban la serie, veíase, delante de cada ventana, un pesado trípode sustentando un brasero de fuego que proyectaba sus rayos a través del coloreado cristal, iluminando alegremente la habitación y produciendo con sus reflejos multitud de graciosas y fantásticas apariciones.
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Y uno a uno se desplomaron en los salones regados de sangre los disipados cortesanos, muriendo todos en la postura desesperada de su caída.
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Examinándolo, se encontraron varias excoriaciones producidas indudablemente por la violencia con que había sido empujado para desembarazarse de él.
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La policía está confundida por la aparente ausencia de motivo; no por el asesinato en sí mismo, sino por la atrocidad de este asesinato.
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Así, el enigma estaba resuelto.
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Monsieur Dumas y su digno coadjutor Monsieur Étienne, han declarado que fueron producidas por algún instrumento obtuso; y estos caballeros tienen muchísima razón.
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Al aproximarnos al borde del abismo, abandonó su punto de apoyo y trató de acogerse a la argolla, de la cual, en la agonía de su terror, intentaba separar mis manos, como si no fuera suficientemente grande para prestarnos a los dos seguro apoyo.
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"Al principio estaba demasiado confuso para observar nada con atención.