Cuentos Clásicos del Norte, Primera Serie

By Edgar Allan Poe

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tuve la menor duda de que aquel era el "asiento del diablo" a que
aludía el manuscrito, y de que me apoderaba así de todo el secreto del
enigma.

Comprendía que el "buen vidrio" no podía referirse a otra cosa que a un
telescopio, porque la palabra _vidrio_ rara vez se emplea por los
marinos en otro sentido. De allí deduje inmediatamente que era
necesario usar un telescopio y que existía determinado punto de vista,
_que no admitía variación_, desde el cual debía usarse. Tampoco vacilé
un momento en la certidumbre de que las frases "cuarenta y un grados
trece minutos" y "norte nordeste," se indicaban como la dirección en que
había de nivelarse el telescopio. Excitado en gran manera por estos
descubrimientos, corrí a la casa, me procuré un anteojo y regresé a la
roca.

Dejéme caer en el borde saliente y encontré que era imposible sentarse a
no ser en cierta posición particular. Este hecho confirmó mis
conjeturas. Procedí a emplear el telescopio. Por supuesto los "cuarenta
y un grados y trece minutos" sólo podían aludir a la altura sobre el
horizonte visible, puesto que la dirección horizontal estaba claramente
indicada por las palabras "norte nordeste." Establecí esta dirección por
medio de una brújula de bolsillo; y enderezando el telescopio en ángulo
de cuarenta y un grados de elevación, tan aproximado como era posible
calcular, lo moví cautelosamente arriba y abajo hasta que atrajo mi
atención una hendedura circular o abertura en el follaje de cierto árbol
elevado que sobresalía entre todos sus compañeros a la distancia. En el
centro de esta abertura aparecía una mancha blanca cuya naturaleza no
pude discernir de pronto. Ajustando el lente del telescopio, miré otra
vez, y entonces advertí que era un cráneo humano.

Ante tal descubrimiento sentí la confianza total de haber solucionado el
enigma; porque la frase "tronco principal, séptima rama este" podía
referirse únicamente a la posición del cráneo en el árbol; en tanto que
"tiro por el ojo izquierdo de la calavera" admitía asimismo sólo una
interpretación con referencia a la manera de encontrar el tesoro
enterrado. Comprendí que la indicación era arrojar un objeto pesado por
el ojo izquierdo de la calavera, y que una línea recta tirada desde el
punto más cercano del árbol siguiendo el _tiro_, o sea el sitio donde el
proyectil hubiera caído, y extendida a cincuenta pies de distancia,
indicaría un lugar determinado; y en aquel lugar determinado pensé yo
que era por lo menos _posible_ que existiera algún depósito valioso.

--Todo esto está admirablemente claro,--dije,--y aun cuando muy
ingenioso, es sencillo y explícito. ¿Qué hicisteis luego de haber dejado
el "Hotel

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Text Comparison with Poemas

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¡Ave: Good morning! Yo sé, divino icono, ¡oh, magna estatua!, que tu solo nombre, el de la excelsa beldad que encarnas, ha hecho brotar.
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Allí están entre todas, brillantes sobre las listas de la bandera, las que iluminan el vuelo del águila de América, de esta tu América formidable, de ojos azules.
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Poe, como un Ariel hecho hombre, diríase que ha pasado su vida bajo el flotante influjo de un extraño misterio.
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Nuestro poeta, por su organización vigorosa y cultivada, pudo resistir esa terrible dolencia que un médico escritor llama con gran propiedad «la enfermedad del ensueño».
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Pero nuestro amor era más fuerte que el amor de aquellos que nos aventajan en edad y en saber, y ni los ángeles del cielo ni los demonios de los abismos de la mar podrán separar jamás mi alma del alma de la bella Annabel Lee.
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A MI MADRE (_Soneto_) Porque siento que allá arriba, en el cielo, los ángeles que se hablan dulcemente al oído, no pueden encontrar entre sus radiantes palabras de amor una expresión más ferviente que la de «_madre_», he ahí por qué, desde hace largo tiempo os llamo con ese nombre querido, a ti que eres para mí más que una madre y que llenáis el santuario de mi corazón en el que la muerte os ha instalado, al libertar el alma de mi Virginia.
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--Sombra,--le preguntó--¿dónde podría estar esa tierra del Eldorado? --«Más allá de las montañas de la Luna, en el fondo del valle de las sombras; cabalgad, cabalgad sin descanso--respondió la sombra,--si buscáis el Eldorado.
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seguro? ¡Dios mío!, ¿no podré salvar uno solo del cruel vacío? ¿Todo lo que vemos o nos parece no es otra cosa que un ensueño en un ensueño? 1849.
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Envolviéndose en la bruma se hunde en el reposo.
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Aquí, en donde la cabellera dorada de las damas romanas flotaba al viento, se balancean ahora el cardo y la caña.
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Ese pudor no era, quizá, sino pudor virginal--pudo muy bien pasar por tal,--aunque su esplendor haya hecho nacer una llama más impetuosa todavía en el seno de aquel que, ¡pobre de él! te vio en tu día nupcial, cuando tu frente se cubría de ese rubor invencible, a pesar de que estuvieras rodeada de dicha y que.
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LA ROMANZA ¡Oh romanza que gustas cantar, la frente adormecida y las alas plegadas, entre las hojas verdes agitadas a lo lejos sobre algún lago umbrío, tú has sido para mí un papagayo de vivos colores, un pájaro muy familiar; tú me has enseñado a leer mi alfabeto, a balbucear todas mis primeras palabras, mientras que, niño de mirada sagaz, me hundía en huraños bosques.
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EL LAGO En la primavera de mi juventud, fué mi destino no frecuentar de todo el vasto mundo sino un solo lugar que amaba más que todos los otros, tanta era de amable la soledad de su lago salvaje, rodeado por negros peñascos y de altos pinos que dominaban sus alrededores.
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¡Y en ese rebato armígero, --dan dan, dan dan--, crece el estrago flamígero --dan dan, dan dan--, al són violento que dan las campanas de la torre que tocando a fuego están! IV Dobla y dobla lentamente negra campana de hierro que invita con són doliente al entierro.
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III Pocas palabras nos dijimos, era como una confidencia íntima y muda; palabras serias, pensamientos graves que la memoria para siempre turban; no recordamos que era el triste octubre, que era la noche (¡noche infausta y única!) no recordamos la región del Auber que tanto conoció mi desventura, ni el bosque fantasmático del Weir, la región espectral de la pavura.
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» Dijo el cuervo: «¡Nunca más!» Asombrado quedé oyendo así hablar al avechucho, si bien su árida respuesta no expresaba poco o mucho; pues preciso es convengamos en que nunca hubo criatura que lograse contemplar ave alguna en la moldura de su puerta encaramada, ave o bruto reposar sobre efigie en la cornisa de su puerta, cincelada, con tal nombre: «¡Nunca más!» Mas el cuervo, fijo, inmóvil, en la grave efigie aquella, sólo dijo esa palabra, cual si su alma fuese en ella vinculada--ni una pluma sacudía, ni un acento se le oía pronunciar.
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Dijo el cuervo: «¡Nunca más!» «Eh, profeta--dije--o duende, mas profeta al fin, ya seas ave o diablo--ya te envíe la tormenta, ya te veas por los ábregos barrido a esta playa, desolado pero intrépido a este hogar por los males devastado, .