Cuentos Clásicos del Norte, Primera Serie

By Edgar Allan Poe

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certidumbre; pero ¿querréis creer que las
necias palabras de Júpiter de que el insecto era de oro macizo tuvieron
gran efecto sobre mi imaginación? Y luego, aquella serie de incidentes
y coincidencias, ¡era todo tan extraordinario! ¿No os llama la atención
lo extraño de que aquellos acontecimientos tuvieran lugar en el _único_
día de todo el año que estuvo suficientemente frío para que se
necesitara encender fuego; y que sin el fuego, o sin la intervención del
perro en el momento preciso en que apareció, jamás habría yo visto la
calavera ni habría sido, en consecuencia, el posesor de tal tesoro?

--Pero proseguid; estoy impaciente.

--Bien; habéis oído, por supuesto, los mil vagos rumores acerca de
tesoros enterrados por Kidd y sus asociados en alguna parte de la costa
del Atlántico. Aquellos rumores debían tener alguna base, en realidad. Y
el hecho de que existieran y se continuaran por tan largo tiempo podía
explicarse solamente, a mi entender, por la circunstancia de que el
tesoro estuviera _todavía_ sin descubrir. Si Kidd hubiera ocultado su
botín por cierto tiempo, recuperándolo más tarde, los rumores nunca
habrían llegado hasta nosotros en la misma e invariable forma.
Observaréis que todas las historias se refieren a buscadores de tesoros
y nunca a quienes los encuentran. Si el pirata hubiera recobrado su oro,
el asunto se habría agotado. Parecíame que cualquier incidente, la
pérdida del memorándum que indicaba su situación, por ejemplo, podía
haberle privado de los medios de recobrarlo, y que este accidente
hubiera llegado a conocimiento de sus adherentes que de otra manera
jamás habrían sabido nada de tal tesoro oculto; y cuyas inútiles
tentativas, iniciadas al acaso, hubieran hecho nacer y convertido en
moneda corriente los relatos que ahora son del dominio universal.
¿Habéis oído hablar alguna vez de que se haya descubierto algún tesoro
importante en estas costas?

--Jamás.

--Es bien sabido, sin embargo, que las riquezas acumuladas por ese Kidd
eran inmensas. Di por sentado, en consecuencia, que la tierra las
escondía aún; y no os sorprenderá el oírme decir que sentí la esperanza,
que casi podría llamarse certidumbre, de que el pergamino hallado de
manera tan extraña encerraba la dirección extraviada del lugar en que
habían sido depositadas.

--Pero ¿cómo os desenvolvisteis?

--Acerqué de nuevo la vitela al fuego después de aumentar la potencia
del calor, pero nada apareció. Me ocurrió entonces la posibilidad de que
la capa de polvo que cubría el pergamino tuviera algo que hacer con el
fracaso; así, lo lavé cuidadosamente echándole encima un poco de agua
templada, después de lo cual lo coloqué en una vasija de estaño con la
calavera hacia abajo, y puse la

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Text Comparison with The Fall of the House of Usher

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What was it--I paused to think--what was it that so unnerved me in the contemplation of the House of Usher? It was a mystery all insoluble; nor could I grapple with the shadowy fancies that crowded upon me as I pondered.
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I had learned, too, the very remarkable fact, that the stem of the Usher race, all time-honoured as it was, had put forth, at no period, any enduring branch; in other words, that the entire family lay in the direct line of descent, and had always, with very trifling and very temporary variation, so lain.
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Minute fungi overspread the whole exterior, hanging in a fine tangled web-work from the eaves.
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His countenance, I thought, wore a mingled expression of low cunning and perplexity.
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For something of this nature I had indeed been prepared, no less by his letter, than by reminiscences of certain boyish traits, and by conclusions deduced from his peculiar physical conformation and temperament.
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I dread the events of the future, not in themselves, but in their results.
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A settled apathy, a gradual wasting away of the person, and frequent although transient affections of a partially cataleptical character, were the unusual diagnosis.
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For me at least--in the circumstances then surrounding me--there arose out of the pure abstractions which the hypochondriac contrived to throw upon his canvas, an intensity of intolerable awe, no shadow of which felt I ever yet in the contemplation of the certainly glowing yet too concrete reveries of Fuseli.
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Banners yellow, glorious, golden, On its roof did float and flow; (This--all this--was in the olden Time long ago) And every gentle air that dallied, In that sweet day, Along the ramparts plumed and pallid, A winged odour went away.
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We pored together over such works as the Ververt et Chartreuse of Gresset; the Belphegor of Machiavelli; the Heaven and Hell of Swedenborg; the Subterranean Voyage of Nicholas Klimm by Holberg; the Chiromancy of Robert Flud, of Jean D'Indagine, and of De la Chambre; the Journey into the Blue Distance of Tieck; and the City of the Sun by Campanella.
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At the request of Usher, I personally aided him in the arrangements for the temporary entombment.
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His ordinary occupations were neglected or forgotten.
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"You must not--you shall not behold this!" said I, shudderingly, to Usher, as I led him, with a gentle violence, from the window to a seat.
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It was, however, the only book immediately at hand; and I indulged a vague hope that the excitement which now agitated the hypochondriac, might find relief (for the history of mental disorder is full of similar anomalies) even in the extremeness of the folly which I should read.
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I was by no means certain that he had noticed the sounds in question; although, assuredly, a strange alteration had, during the last few minutes, taken place in his demeanour.
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His eyes were bent fixedly before him, and throughout his whole countenance there reigned a stony rigidity.
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The storm was still abroad in all its wrath as I found myself crossing the old causeway.