Cuentos Clásicos del Norte, Primera Serie

By Edgar Allan Poe

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el resultado de un juego o
de un capricho, pero ahora asumía tono más grave e insistente. Cuando
Júpiter intentó amordazarlo de nuevo, manifestó furiosa resistencia y
lanzándose en el agujero púsose a cavar frenéticamente con las uñas. En
pocos segundos descubrió un montón de huesos humanos que formaban dos
esqueletos completos, entremezclados con varios botones de metal y algo
que parecía residuos de lana apolillada. Uno o dos golpes de azada
descubrieron la hoja de una gran daga española, y ahondando un poco más
salieron a luz tres o cuatro piezas de oro sueltas.

A la vista de las monedas apenas pudo Júpiter refrenar su alegría, pero
el aspecto de su amo demostraba profunda decepción. Insistió, sin
embargo, para que continuáramos los esfuerzos, y no había terminado de
pronunciar aquellas palabras cuando yo tropecé y caí hacia adelante, con
la punta de la bota cogida en un gran anillo de hierro que yacía medio
oculto entre la tierra removida.

Trabajamos entonces ansiosamente, y jamás he pasado diez minutos de
excitación tan intensa como aquéllos. En este intervalo descubrimos una
caja oblonga de madera que, a juzgar por su conservación perfecta y
maravillosa solidez, había sido sometida a algún proceso de
petrificación, quizá por el bicloruro de mercurio. Aquella arca tenía
tres pies y medio de largo, tres pies de ancho y dos pies y medio de
altura. Estaba fuertemente asegurada con bandas de hierro forjado,
remachadas y formando una especie de tejido que cubría el conjunto. A
los costados de la caja, cerca de la cubierta, había tres anillos de
hierro, seis en total, que ofrecían seguro agarradero para que seis
personas pudieran levantarla con comodidad. Nuestros mayores esfuerzos
reunidos alcanzaron apenas a remover ligeramente el cofre en su mismo
sitio. Al momento pudimos comprobar la imposibilidad de levantar peso
tan enorme. Afortunadamente, la única cerradura de la tapa consistía en
dos cerrojos que descorrimos temblando y palpitantes de ansiedad. En un
instante brillaron ante nuestros ojos tesoros de valor incalculable. Al
caer dentro del hoyo los rayos de las linternas relampaguearon chispas y
dorados resplandores que partían de un confuso montón de oro y joyas
deslumbrando por completo nuestras miradas.

No intentaré describir las sensaciones que me acometieron mientras
contemplaba todo aquello. El asombro predominaba por supuesto. Legrand
parecía exhausto por la emoción y pronunció muy pocas palabras. El
rostro de Júpiter revistió durante algunos minutos palidez tan mortal
como, dada la naturaleza de las cosas, es posible asumir al rostro de un
negro. Parecía estupefacto, herido por el rayo. A poco cayó de rodillas
en el agujero, y enterrando hasta el codo en el oro sus desnudos

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Text Comparison with La Murdoj de Kadavrejo-Strato

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net KLASIKAJ USONAJ NOVELOJ EDGAR ALLAN POE (1809-1849) LA MURDOJ DE KADAVREJO-STRATO Esperantigis EDWIN GROBE 1998 Eldonejo-Arizona-Stelo 1620 North Sunset Drive Tempe, Arizona 85281-1550 Usono Edgar Allan Poe "LA MURDOJ DE KADAVREJO-STRATO" Unua Eldono, Auxgusto, 1998 .
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Sekvas ke sxakludado, rilate al siaj efikoj sur mensan karakteron, ege miskomprenigxas.
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Hazarda aux senatenta vorto; senintenca faligo aux renverso de karto kaj la kuniranta anksieco aux senzorgo de la klopodo tion kasxi; la komptado de la prenoj kun ilia arangxordo; embaraso, hezitado, avideco aux timego--cxiuj havigas al lia sxajne intuicia perceptado indicojn pri la vera aferstato.
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Auxgusto Dupino.
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.
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La sekvinttaga jxurnalo raportis tiujn aldonajn detalojn: LA TRAGEDIO DE KADAVREJO-STRATO.
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Neniam vidis eniri la domon iun ajn krom la maljunulino kaj sxia filino, la pordisto unu-du fojojn, kaj kuracisto ok-dek fojojn.
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Ne certis cxu gxi estis vira aux ina vocxo.
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.
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Auxdis klare '_sacre_' kaj '_mon Dieu_.
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En tiu lasta kazo pli da radioj trafas verfakte la okulojn sed en la antauxa ekzistas pli rafinita komprenkapablo.
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Survoje al la hejmo mia kuniranto pauxzis momenton cxe la oficejo de unu el la cxiutagaj jxurnaloj.
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Mi priparolas tiun punkton plejparte nome de la metodo.
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Tamen, ne fidante _iliajn_ okulojn, mi kontrolis per miaj propraj okuloj.
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Gxi kontrauxstaris la nepran potencon de cxiuj entreprenintaj gxin suprenlevi.
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'_Necesas_ ke la najlo havu maltauxgajxon,' mi diris.
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Ankaux evidente estis ke, pere de la estigo de ege malkutima kvanto da agado kaj kuragxo, oni povintus eniri la fenestron ekde la sucxilo.
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Frenezulo devenas de iu lando kaj lia lingvajxo, kiom ajn malkohera cxe la nivelo de siaj vortoj, havas cxiam koheron de silabado.
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Mi scias kun nepra certeco ke vi senkulpas pri la abomenajxoj de Kadavrejo-Strato.
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"Li parolu," diris Dupino, opiniante ke ne necesas respondi.