Cuentos Clásicos del Norte, Primera Serie

By Edgar Allan Poe

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alteración.

--Pero podéis estar enfermo aun sin tener fiebre. Permitidme recetaros
por esta vez. En primer lugar, poneos en cama; en segundo....

--Estáis equivocado,--interrumpió.--Me encuentro tan bien como puedo
estarlo bajo la excitación que me aqueja. Si tenéis realmente algún
interés por mí, aliviaréis esta excitación.

--¿De qué manera puedo hacerlo?

--Muy fácilmente. Júpiter y yo vamos a emprender una expedición a las
colinas de la isla, y necesitamos en dicha empresa la cooperación de
alguien en quien podamos confiar absolutamente. Vos sois el único en
quien yo depositaría mi confianza. Ya tengamos éxito o fracasemos,
desaparecerá la agitación que ahora advertís en mí.

--Deseo muchísimo complaceros en cualquier sentido,--repliqué;--pero
¿significa esto que el infernal escarabajo tiene alguna conexión con
vuestra expedición a las colinas?

--La tiene.

--En tal caso, Legrand, no puedo prestarme a proceder tan absurdo.

--Lo siento, lo siento mucho; porque tendremos que ensayarlo solos.

--¡Ensayarlo solos! ¡Este hombre está loco seguramente! Pero ¡aguardad!
¿Cuánto tiempo os proponéis ausentaros?

--Probablemente toda la noche. Saldremos en este instante y estaremos de
vuelta al alba en todo caso.

--¿Y me prometéis, por vuestro honor, que una vez satisfecha esta
fantasía y resuelto a vuestra satisfacción el asunto del escarabajo,
¡gran Dios! volveréis a casa y seguiréis implícitamente mis consejos
como si fuera vuestro médico?

--Sí; lo prometo; y ahora partamos inmediatamente porque no hay tiempo
que perder.

Acompañé a mi amigo con el corazón oprimido. Salimos a eso de las
cuatro, Legrand, Júpiter, el perro y yo, cargando Júpiter con la hoz y
las azadas que insistió en llevar él mismo, más por temor de dejar
aquellos instrumentos al alcance de su amo que por exceso de actividad o
complacencia, a lo que pude presumir. Su actitud era terriblemente
suspicaz, y las palabras "condenado insecto" fueron las únicas que se
escaparon de sus labios durante todo el trayecto. Por mi parte me había
encargado de dos linternas sordas, mientras Legrand se contentaba con el
escarabajo que llevaba atado al extremo del cordel de un látigo,
haciéndolo girar a uno y otro lado con aires de hechicero conforme
avanzábamos. Cuando pude observar esta última y evidente muestra de la
aberración mental de mi amigo apenas me fué posible retener las
lágrimas. Pensé, sin embargo, que era mejor seguir sus fantasías al
menos por el momento hasta que se presentara la oportunidad de adoptar
medidas más enérgicas con probabilidades de éxito. Me propuse al mismo
tiempo, aunque sin resultado, sondearle acerca del objeto de la
expedición. Habiendo logrado inducirme a acompañarle, no parecía desear
sostener conversación sobre tópicos de menor importancia, y a todas mis
preguntas se dignaba responder tan sólo: "¡Ya veremos!"

Cruzamos en un esquife el

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_ _En prensa_ Nícholas Múrray Bútler: _El significado de la educación.
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Aun cuando nunca formuló teoría alguna con respecto a los personajes masculinos de sus poesías y cuentos, podemos deducirla sin embargo de su práctica: creía evidentemente que el argumento más trágico es la situación de un hombre robusto afrontando el temor de la muerte.
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La primera indicación que tuve de esta circunstancia fué un sordo y lúgubre lamento que partía del fondo del nicho.
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Para evitar la mortificación consiguiente a sus desastres abandonó Nueva Órleans, la cuna de sus antepasados, y fijó su residencia en la isla de Súllivan, cerca de Chárleston, en Carolina del Sur.
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Necesito deciros algo, pero apenas sé en qué forma podría hacerlo y ni siquiera si debería decíroslo.
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Detallo con tanta minuciosidad la manera precisa en que este documento llegó a mi poder, porque aquellas circunstancias me impresionaron con fuerza singular.
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Inmediatamente encendí fuego y sometí todo el pergamino a un vivo calor.
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Un.
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Contemplaba la dulce boca.
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ligeramente irregular, eran de igual color.
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Son sólo títeres movidos por seres poderosos e informes que cambian a su antojo el escenario y hacen brotar al golpe de sus alas de cóndor ¡Invisible Dolor! * * * * * ¡Oh, el drama abigarrado! ¡Estad seguros de que no lo olvidaréis! .
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No había forma de llamarlos sin abandonar la habitación por algunos minutos, y no podía aventurarme a proceder así.
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asombráis! No conozco ningún frutero.
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Corrobora el testimonio general.
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Por ahora su capricho consistía en declinar todo tema de conversación sobre el asesino hasta las doce del día siguiente.
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Ni un momento había perdido el rastro.
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Sobre este punto me encontraba ya satisfecho desde nuestro paseo alrededor del edificio.
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Un francés conocía el crimen.
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Llegué hasta deplorar la pérdida del animal y a buscar a mi alrededor, en los abyectos lugares que frecuentaba habitualmente, otro favorito de la misma especie y hasta cierto punto de apariencia semejante para reemplazarle.
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Nuestro progreso hacia abajo en cada revolución era lento mas perfectamente perceptible.