Cuentos Clásicos del Norte, Primera Serie

By Edgar Allan Poe

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el papel con enfado y estaba visiblemente a punto de estrujarlo
y arrojarlo al fuego cuando una ojeada casual al dibujo pareció fijar de
repente su atención. En un instante enrojeció su rostro violentamente, y
un momento después palideció por completo. Durante algunos minutos
examinó el diseño con minuciosidad en el mismo sitio donde se encontraba
sentado. Al cabo se levantó, cogió una bujía de la mesa y fué a sentarse
sobre un arca en el rincón más alejado de la habitación. Allí hizo de
nuevo un ansioso escrutinio del papel revolviéndolo en todas
direcciones. No decía una palabra, sin embargo, y su conducta me llenaba
de estupor; pero juzgué prudente no exacerbar con comentario alguno la
extravagancia creciente de sus maneras. Luego, sacando una cartera del
bolsillo de su chaqueta, colocó dentro el papel cuidadosamente y
depositó el paquete en su escritorio que cerró con llave. Entonces
adquirieron sus ademanes mayor compostura, pero su entusiasmo primitivo
había desaparecido del todo. Sin embargo, parecía más bien abstraído que
descontento. Conforme avanzaba la noche se absorbía más y más en sus
meditaciones de las cuales no consiguieron arrancarle todos mis
esfuerzos. Había tenido yo la intención de pasar la noche en la cabaña
como lo acostumbraba a menudo, pero observando la actitud de mi huésped,
pensé que era más oportuno despedirse. No me instó para que permaneciera
en su compañía, pero estrechó mi mano al partir con mayor cordialidad
aún que de ordinario.

Haría un mes de lo que he relatado, intervalo durante el cual nada había
sabido de Legrand, cuando recibí en Chárleston la visita de su asistente
Júpiter. Nunca había visto al buen negro tan trastornado y creí que
algún serio desastre hubiera ocurrido a mi amigo.

--Y bien, Júpiter,--díjele,--¿de qué se trata? ¿Cómo está tu amo?

--Pá decir verdá, patrón, él no etá tan sano.

--¿Está enfermo? Lo siento mucho. ¿De qué se queja?

--¡Ahí etá! ¡Eso é lo pior! Nunca se queja de ná. Pero tá mu mal.

--¡Muy mal, Júpiter! ¿Por qué no me dijiste eso de una vez? ¿Está en
cama?

--No, señó; eso no. Pero no se sabe por ónde anda. Eso é lo que me
duele. El pobre amo Will m'etá dando mucho dolore de cabeza.

--Júpiter, quisiera entender lo que estás diciendo. Hablas de que tu
amo está enfermo. ¿No te ha dicho lo que tiene?

--¡Güeno, patrón! No hay que alterase po eso. Amo Will dice que no tiene
ná.... Pero ¿por qué anda poahí con la cabeza enterrá entre sus hombros
y blanco como una visión?... ¡Otra cosa! Siempre etá con una chará....

--¿Una qué, Júpiter?

--Sí; una chará, y

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net KLASIKAJ USONAJ NOVELOJ EDGAR ALLAN POE (1809-1849) LA MURDOJ DE KADAVREJO-STRATO Esperantigis EDWIN GROBE 1998 Eldonejo-Arizona-Stelo 1620 North Sunset Drive Tempe, Arizona 85281-1550 Usono Edgar Allan Poe "LA MURDOJ DE KADAVREJO-STRATO" Unua Eldono, Auxgusto, 1998 .
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La bezonata scio estas: _kion_ observi? Nia ludanto nepre nenie sin limigas.
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Ke vi jes ja kunligis ilin mi konsciis vidinte la karakteron de la rideto transpasinta viajn lipojn.
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Sur la planko trovigxis kvar Napoleon-moneroj, topaza orelringo, tri grandaj argxentaj kuleroj, tri pli malgrandaj kuleroj de Algxera falsargxento kaj du sakoj enhavantaj preskaux kvar mil orfrankojn.
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Sxia gorgxo estis tiel nepre tratrancxita ke kiam oni entreprenis levi la korpon, ties kapo forfalis.
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PETRO MOROO, tabakisto, depozicias ke li kutimis vendi etajn kvantojn da fumtabako kaj snuftabako al S-rino Lespanajo dum preskaux kvar jaroj.
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Estis lauxtaj kaj longdauxraj, ne mallongaj kaj rapidaj.
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Certas ke ne estis vocxo de Anglo.
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Parolis rapide kaj malkonstante.
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Ne eblis diri kiel la vundoj kauxzigxis.
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Cxiu certas ke ne estis vocxo de unu el siaj samlandanoj.
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Tamen '_ne scipovante tiun lingvon_,' li konvinkigxis, same kiel la Hispano, 'pro la intonacio.
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Tamen la fenestroklapoj estis _jes ja_ fiksitaj.
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risorton kiu, konforme al mia supozo, havis entute la saman karakteron kiel sia najbarajxo.
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Preskaux la tutan sumon menciitan de S-ro Minjodo, la bankisto, oni trovis surplanke, en sakoj.
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Tamen la vocxoj de frenezuloj, ecx okaze de iliaj plej sovagxaj paroksismoj, neniam akordas kun tiu stranga vocxo auxdita sursxtupare.
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"Tamen nek uzu nek vidigu ilin antaux signalo de mi.
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Aliflanke, cxiu honorprincipo vin devigas konfesi vian tutan tiurilatan sciadon.
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La klaksonon de la sxutro ili atribuintus kompreneble al la vento.