Cuentos Clásicos del Norte, Primera Serie

By Edgar Allan Poe

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aquella
zona. Corrimos en redondo quizás una hora, volando más que flotando, y
acercándonos gradualmente al centro del remolino, y luego cada vez más y
más cerca de su horrendo margen. Durante todo este tiempo no me había
desprendido del anillo. Mi hermano estaba a popa, sujetándose de un
pequeño barril de agua vacío, atado fuertemente al cuartel de la
bovedilla, y que era el único objeto que no hubiera sido barrido por el
mar cuando nos cogió el primer golpe del temporal. Al aproximarnos al
borde del abismo, abandonó su punto de apoyo y trató de acogerse a la
argolla, de la cual, en la agonía de su terror, intentaba separar mis
manos, como si no fuera suficientemente grande para prestarnos a los dos
seguro apoyo. Nunca he sentido pesar tan profundo como cuando le vi
acometer este acto, aunque sabía que estaba loco al intentarlo,
furiosamente insano por la fuerza de su terror. No me ocupé, por cierto,
de disputarle el sitio. Sabía demasiado bien que lo mismo daba que
tuviéramos o careciéramos de un punto de apoyo; así, le abandoné el
anillo y me dirigí a popa en busca del barril. No había entonces gran
dificultad para realizar esto, porque el barco volaba en redondo con
bastante firmeza y equilibrio sobre su quilla, oscilando solamente acá y
allá con las inmensas ondulaciones y remolinos del vórtice. Apenas me
había asegurado en mi nueva posición, cuando dimos un violento vuelco a
estribor y nos precipitamos en el abismo. Murmuré una agitada plegaria y
creí que todo había terminado. Como sentía el agobiador mareo del
descenso, apreté instintivamente mi abrazo al barril, y cerré los ojos.
Durante algunos segundos no me atreví a abrirlos, esperando la
destrucción instantánea, y me maravillaba de no sentirme ya en luchas
mortales dentro del agua. Pero transcurrió un momento, luego otro. Vivía
todavía. La sensación de caída había cesado, y el movimiento del buque
se parecía mucho al anterior, como cuando nos encontrábamos en el
cinturón de marejada, con la diferencia de que ahora se notaba más
tendido. Cobré valor, y contemplé otra vez la escena.

"Nunca olvidaré la sensación de espanto, de horror y admiración con la
cual miraba en derredor. El barco parecía colgado como por arte de magia
a media altura sobre el interior de un canal de vasta circunferencia y
maravillosa profundidad, cuyos costados perfectamente lisos podían
haberse confundido con el ébano, a no ser por la rapidez vertiginosa con
que giraban en redondo, y por el fantástico y radiante esplendor que
despedían a los rayos de la luna llena, los cuales, desde aquella
abertura circular entre

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Text Comparison with The Works of Edgar Allan Poe — Volume 2

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For myself, however, I was mentally discussing certain topics which had formed matter for conversation between us at an earlier period of the evening; I mean the affair of the Rue Morgue, and the mystery attending the murder of Marie Roget.
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He is well acquainted with my MS.
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"'Continuing our progress, we perceived a district with vegetables that grew not upon any soil but in the air.
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Valdemar, who has resided principally at Harlaem, N.
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" While.
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.
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And now was acknowledged the presence of the Red Death.
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Indeed it is _very_ damp.
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They are all, however, fitting tapestry for a chamber such as this.
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Like these arabesque censers, my spirit is writhing in fire, and the delirium of this scene is fashioning me for the wilder visions of that land of real dreams whither I am now rapidly departing.
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In an instant afterward the fancy was confirmed.
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not bid thee arise?" "And who," I demanded, "art thou?" "I have no name in the regions which I inhabit," replied the voice, mournfully; "I was mortal, but am fiend.
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The grounds were extensive, and a high and solid brick wall, topped with a bed of mortar and broken glass, encompassed the whole.
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"Oh, le bon temps, que ce siecle de fer!" In truth, the ardor, the enthusiasm, and the imperiousness of my disposition, soon rendered me a marked character among my schoolmates, and by slow, but natural gradations, gave me an ascendancy over all not greatly older than myself;--over all with a single exception.
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But it were absurd to pause in the detail of my extravagance.
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search ensued.
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The difficulty, too, of forcing my way through the mazes of the company contributed not a little to the ruffling of my temper; for I was anxiously seeking, (let me not say with what unworthy motive) the young, the gay, the beautiful wife of the aged and doting Di Broglio.
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His mask and cloak lay, where he had thrown them, upon the floor.
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We spoke no words during the rest of that sweet day, and our words even upon the morrow were tremulous and few.
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J.