Cuentos Clásicos del Norte, Primera Serie

By Edgar Allan Poe

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conmovió. Mi corazón latía tranquilamente
como el de aquel que duerme en la inocencia. Paseé la cueva de un
extremo al otro. Había cruzado los brazos sobre el pecho y vagaba sin
inquietud de acá para allá. La policía se mostró enteramente satisfecha
y se preparaba ya a partir. El júbilo era demasiado grande en mi corazón
para poder refrenarlo. Me quemaba por decir algo, una palabra de triunfo
siquiera, para afirmar más aún la certeza de mi inocencia.

"Caballeros," dije al fin, cuando el grupo comenzaba a subir las
escaleras, "estoy deleitado al ver que vuestras sospechas se han
desvanecido. Os deseo salud y un poquillo más de cortesía. A propósito,
caballeros, ésta es una casa muy bien construída." (En mi rabioso deseo
de decir algo con desenvoltura, apenas sabía ya lo que hablaba). "Hasta
diré _admirablemente_ bien construída. Estos muros--¿os vais,
caballeros?--estos muros están edificados con gran solidez;" y entonces,
por puro frenesí de bravata, golpeé pesadamente con un bastón que
llevaba en la mano la misma construcción de ladrillos tras de la cual se
encontraba el cadáver de la esposa de mi alma.

Pero ¡así me libre Dios y me defienda de las fauces del Enemigo! Apenas
la repercusión de los golpes se ahogó en el silencio, cuando ¡una voz
contestó dentro de la tumba! Un gemido, ahogado e interrumpido primero y
semejante al llanto de un niño, que pronto se elevó convirtiéndose en
grito largo, fuerte y sostenido, completamente anormal y nada humano; un
alarido, un chillido lamentoso, mitad de horror y mitad de triunfo, como
puede oírse brotar solamente del infierno, reuniendo el grito de agonía
de los condenados y la exultación de los demonios por su condenación.

Sería locura hablar de mis sentimientos. Desfalleciente, retrocedí
titubeando hasta el muro opuesto. Por un momento quedó inmóvil el grupo
en las escaleras a causa de su extremo horror y espanto. En el momento
inmediato una docena de brazos robustos atacaba el muro. Cayó
completamente. El cadáver, ya descompuesto, y cubierto de grumos de
sangre coagulada, permanecía erguido ante los ojos de los espectadores.
Sobre su cabeza, con la roja boca distendida, y echando fuego por su
único ojo, estaba la asquerosa bestia cuya astucia me indujo al
asesinato, y cuya voz informe me entregaba al verdugo. ¡Había emparedado
al monstruo dentro de la tumba!




UN DESCENSO POR EL MAELSTRÖM

Los métodos de Dios, tanto en las manifestaciones de la naturaleza
como en las de su providencia, no se asemejan a los _nuestros;_ ni
los modelos que forjamos corresponden en

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THREE SUNDAYS IN A WEEK VOLUME 4 THE DEVIL IN THE BELFRY LIONIZING X-ING A PARAGRAPH METZENGERSTEIN THE SYSTEM OF DOCTOR TARR AND PROFESSOR FETHER HOW TO WRITE A BLACKWOOD ARTICLE.
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ULALUME A VALENTINE.