Cuentos Clásicos del Norte, Primera Serie

By Edgar Allan Poe

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acerca del hecho sorprendente que acabo de manifestar, no
dejó por ello de hacer profunda impresión en mi mente. Durante largos
meses no pude librarme del fantasma del gato; y en este período se
apoderó también de mi espíritu cierto vago sentimiento que se asemejaba
al remordimiento aunque en realidad no lo fuera. Llegué hasta deplorar
la pérdida del animal y a buscar a mi alrededor, en los abyectos lugares
que frecuentaba habitualmente, otro favorito de la misma especie y hasta
cierto punto de apariencia semejante para reemplazarle.

Una noche en que me hallaba sentado, medio embrutecido, en uno de
aquellos antros de infamia, atrajo repentinamente mi atención un objeto
negro que reposaba en lo alto de uno de los enormes barriles de ginebra
o de ron que constituían el principal mueblaje del departamento. Había
estado mirando fijamente por varios minutos la parte superior del
barril, y lo que causaba mi mayor sorpresa era la circunstancia de no
haber advertido antes el objeto en cuestión. Acerquéme, y le toqué. Era
un gato negro, muy grande, tan grande como Plutón y semejante a él en
todos sus detalles con excepción de uno solo. Plutón no tenía un pelo
blanco en ninguna parte del cuerpo, mientras este gato tenía un gran
grupo de manchas blancas de forma indefinida que le cubría casi todo el
pecho.

Al tocarle yo, se levantó prontamente, comenzó a hilar de contento, se
restregó contra mi mano, y pareció deleitarse con mi atención. Éste era
pues el ser que andaba yo tratando de encontrar. Inmediatamente propuse
su compra al tabernero, quien manifestó no ser su dueño: no conocía al
gato; jamás lo había visto antes.

Continué acariciándole, y cuando me preparaba a regresar a mi domicilio,
el animal mostró disposición de acompañarme. Le permití hacerlo así,
deteniéndome de vez en cuando a darle palmaditas antes de proseguir.
Cuando llegamos a la casa se domesticó inmediatamente, haciendo al punto
grandes migas con mi mujer.

Por lo que a mí toca, pronto sentí despertarse dentro de mí cierta
antipatía por el animal. Era justamente lo contrario de lo que esperaba;
pero, no sé cómo ni por qué, su evidente afección me repugnaba y me
hastiaba. Poco a poco este sentimiento de tedio y repugnancia se
convirtió en odio acerbo. Evitaba al animal; pero cierta sensación de
vergüenza y el recuerdo de mi crueldad anterior me impedían maltratarlo.
Durante varias semanas no lo golpeé, ni lo traté con violencia en forma
alguna; pero gradualmente, muy gradualmente, llegué a mirarlo con
aversión intolerable, y a huir en silencio de su odiosa presencia como
de un hálito pestilente.

Lo que aumentó indudablemente mi

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Text Comparison with The Fall of the House of Usher

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The writer spoke of acute bodily illness--of a mental disorder which oppressed him--and of an earnest desire to see me, as his best, and indeed his only personal friend, with a view of attempting, by the cheerfulness of my society, some alleviation of his malady.
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Much that I encountered on the way contributed, I know not how, to heighten the vague sentiments.
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of which I have already spoken.
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And now in the mere exaggeration of the prevailing character of these features, and of the expression they were wont to convey, lay so much of change that I doubted to whom I spoke.
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He admitted, however, although with hesitation, that much of the peculiar gloom which thus afflicted him could be traced to a more natural and far more palpable origin--to the severe and long-continued illness--indeed to the evidently approaching dissolution--of a tenderly beloved sister--his sole companion for long years--his last and only relative on earth.
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Among other things, I hold painfully in mind a certain singular perversion and amplification of the wild air of the last waltz of Von Weber.
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Banners yellow, glorious, golden, On its roof did float and flow; (This--all this--was in the olden Time long ago) And every gentle air that dallied, In that sweet day, Along the ramparts plumed and pallid, A winged odour went away.
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But evil things, in robes of sorrow, Assailed the monarch's high estate; (Ah,.
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I lack words to express the full extent, or the earnest abandon of his persuasion.
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The worldly reason, however, assigned for this singular proceeding, was one which I did not feel at liberty to dispute.
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of her medical men, and of the remote and exposed situation of the burial-ground of the family.
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Overpowered by an intense sentiment of horror, unaccountable yet unendurable, I threw on my clothes with haste (for I felt that I should sleep no more during the night,) and endeavoured to arouse myself from the pitiable condition into which I had fallen, by pacing rapidly to and fro.
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" The antique volume which I had taken up was the "Mad Trist" of Sir Launcelot Canning; but I had called it.
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I continued the story: "But the good champion Ethelred, now entering within the door, was sore enraged and amazed to perceive no signal of the maliceful hermit; but, in the.
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Having rapidly taken notice of all this, I resumed the narrative of Sir Launcelot, which thus proceeded: "And now, the champion, having escaped from the terrible fury of the dragon, bethinking himself of the brazen shield, and of the breaking up of the enchantment which was upon it, removed the carcass from out of.
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But, as I placed my hand upon his shoulder, there came a strong shudder over his whole person; a sickly smile quivered about his lips; and I saw that he spoke in a low, hurried, and gibbering murmur, as if unconscious of my presence.
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The storm was still abroad in all its wrath as I found myself crossing the old causeway.