Cuentos Clásicos del Norte, Primera Serie

By Edgar Allan Poe

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dueño,
que obtuvo por él una fuerte suma en el Jardin des Plantes. Le Bon fué
puesto en libertad inmediatamente que se relataron estos acontecimientos
en el despacho del prefecto de policía, acompañados de algunos
comentarios de Dupín. El funcionario de policía, a pesar de sus buenas
disposiciones hacia mi amigo, no pudo ocultar su desagrado por el giro
que había tomado este asunto; y aun se dejó arrastrar a una o dos
frasecillas sarcásticas respecto de la conveniencia de que cada cual se
preocupe de aquello que le importe.

--Dejadle hablar,--dijo Dupín, que no juzgó necesario replicar.--Dejadle
hacer frases: esto aligerará su conciencia. Estoy satisfecho de haberle
derrotado en su propio terreno. A pesar de todo, su fracaso en la
solución de este misterio no es tan sorprendente como él se imagina;
porque en verdad nuestro amigo el prefecto es más astuto que profundo.
No hay cuerpo en su sabiduría. Es como si fuera todo cabeza y nada de
miembros, como los retratos de la diosa Laverna; o a lo más, todo cabeza
y busto como el bacalao. Pero es una buena persona, después de todo. Le
admiro especialmente por sus golpes maestros de inversión, a lo que debe
su reputación de habilidad. Me refiero al método que practica "_de nier
ce qui est, et d'expliquer ce qui n'est pas_."




EL GATO NEGRO


No espero ni solicito fe para la narración tan sencilla como
extravagante que está a punto de brotar de mi pluma. Locura sería en
verdad el esperarlo, pues que mis propios sentidos rechazan su
evidencia. Sin embargo, no estoy loco, ni estoy soñando, de seguro. Mas
debo morir mañana y quiero hoy aligerar el peso de mi alma. Mi propósito
inmediato es presentar llana y sucintamente a los ojos del lector, sin
comentario de ninguna clase, una serie de simples acontecimientos
domésticos. En sus consecuencias, estos acontecimientos me han
aterrorizado, me han torturado, me han deshecho. A pesar de todo, no
trataré de interpretarlos. Para mí sólo han representado el Horror; para
muchos otros serán quizá no tanto terribles como _baroques_. Es posible
que se encuentre después algún entendimiento que reduzca mi fantasma a
los límites de lo vulgar; algún entendimiento más sereno, más lógico y
mucho menos excitable que el mío, capaz de percibir en las
circunstancias que expreso lleno de pavor, simplemente la sucesión
ordinaria de las causas y efectos más naturales.

Desde mi niñez híceme notar por la docilidad y ternura de mi
temperamento. La bondad de mi corazón revestía caracteres de delicadeza
tan exquisita, que me hacía el blanco de las burlas de mis compañeros.
Era particularmente afecto a los animales, y

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Text Comparison with The Fall of the House of Usher

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I know not how it was--but, with the first glimpse of the building, a sense of insufferable gloom pervaded my spirit.
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I have said that the sole effect of my somewhat childish experiment--that of looking down within the tarn--had been to deepen.
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In this there was much that reminded me of the specious totality of old wood-work which has rotted for long years in some neglected vault, with no disturbance from the breath of the external air.
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of which I have already spoken.
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His action was alternately vivacious and sullen.
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" I learned, moreover, at intervals, and through broken and equivocal hints, another singular feature of his mental condition.
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Among other things, I hold painfully in mind a certain singular perversion and amplification of the wild air of the last waltz of Von Weber.
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It was, perhaps, the narrow limits to which he thus confined himself upon the guitar, which gave birth, in great measure, to the fantastic character of the performances.
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In the monarch Thought's dominion-- It stood there! Never seraph spread a pinion Over fabric half so fair.
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But evil things, in robes of sorrow, Assailed the monarch's high estate; (Ah,.
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I well remember that suggestions arising from this ballad, led us into a train of thought wherein there became manifest an opinion of Usher's which I mention not so much on account of its novelty (for other men* have thought thus,) as on account of the pertinacity with which he maintained it.
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Its evidence--the evidence of the sentience--was to be seen, he said, (and I here started as he spoke,) in the gradual yet certain condensation of an atmosphere of their own about the waters and the walls.
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We replaced and screwed down the lid, and, having secured the door of iron, made our way, with toil, into the scarcely less gloomy apartments of the upper portion of the house.
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His ordinary manner had vanished.
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I say that even their exceeding density did not prevent our perceiving this--yet we had no glimpse of the moon or stars--nor was there any flashing forth of the lightning.
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It was, however, the only book immediately at hand; and I indulged a vague hope that the excitement which now agitated the hypochondriac, might find relief (for the history of mental disorder is full of similar anomalies) even in the extremeness of the folly which I should read.
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The motion of his body, too, was at variance with this idea--for he rocked from side to side with a gentle yet constant and uniform sway.
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Bending closely over him, I at length drank in the hideous import of his words.
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