Cuentos Clásicos del Norte, Primera Serie

By Edgar Allan Poe

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en mano, se hallaba sentado frente
al espejo ensayando la operación de afeitarse en que probablemente
sorprendió alguna vez a su dueño, mirando por el agujero de la llave.
Aterrorizado al ver arma tan peligrosa en poder de animal tan feroz y
tan apto para manejarla, el hombre quedó sin saber que hacer durante los
primeros momentos. Acostumbraba, sin embargo, dominar al orangután con
ayuda de un látigo, y a este medio recurrió en aquella circunstancia.
Apenas el animal le divisó lanzóse a la puerta del aposento, luego a las
escaleras, y por una ventana, desgraciadamente abierta, se arrojó a la
calle.

El francés le siguió lleno de desesperación. El orangután, todavía con
la navaja abierta en la mano, deteníase de vez en cuando para mirar
hacia atrás y gesticular a su perseguidor hasta que éste llegaba casi a
alcanzarle. Entonces echaba a correr de nuevo. De esta manera continuó
la caza por largo tiempo. Las calles estaban desiertas y en silencio
profundo, pues eran cerca de las tres de la mañana. Atravesando una
callejuela a espaldas de la rue Morgue, llamó la atención del fugitivo
una luz que brillaba en la ventana abierta del aposento de Madame
L'Espanaye, en el cuarto piso del edificio. Abalanzándose hacia la casa,
advirtió el pararrayos, lo escaló con agilidad inconcebible, se asió de
la persiana que caía completamente sobre el muro, y por este medio
lanzóse directamente a la cabecera de la cuja. Todo esto no había
ocupado el espacio de un minuto. El orangután empujó otra vez la
persiana dejándola abierta cuando se introdujo en la habitación.

El marinero quedó a la vez regocijado y perplejo. Tenía ahora la
esperanza de capturar a la fiera, que difícilmente podría escapar de la
trampa en que se había metido a no ser por el poste que encontraría
interceptado a la salida. De otro lado, había muchos motivos de ansiedad
al pensar en lo que podría hacer dentro de la casa. Esta última
reflexión indujo al hombre a seguir al fugitivo. Un pararrayos no es
difícil de escalar, especialmente para un marinero; pero cuando llegó a
la altura de la ventana, que quedaba bastante lejos hacia la izquierda,
vióse obligado a detenerse; lo más que pudo hacer fué alzarse un poco
para echar una ojeada al interior de la habitación. Al mirar, casi
perdió su punto de apoyo a impulsos de su excesivo horror. Entonces
fueron aquellos horribles alaridos que despertaron a todos los
habitantes de la rue Morgue. Madame L'Espanaye y su hija, en traje de
dormir, estaban aparentemente arreglando algunos papeles en la caja de
hierro de que antes se ha

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Text Comparison with The Cask of Amontillado

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In this respect I did not differ from him materially: I was skillful in the Italian vintages myself, and bought largely whenever I could.
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The gait of my friend was unsteady, and the bells upon his cap jingled as he strode.
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"Drink," I said, presenting him the wine.
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In an instant he had reached the extremity of the niche, and finding his progress arrested by the rock, stood stupidly bewildered.
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I struggled with its weight; I placed it partially in its destined position.
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" "_For the love of God, Montresor!_" "Yes," I said, "for the love of God!" But to these words I hearkened in vain for a reply.