Cuentos Clásicos del Norte, Primera Serie

By Edgar Allan Poe

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de audacia, podía efectuarse la entrada
por la ventana escalando el pararrayos. Una vez llegado a la distancia
de dos pies y medio (suponiendo que la persiana estuviera abierta en
toda su extensión), podía encontrar el ladrón sólido apoyo en el
enrejado. Demos pues por sentado que escaló el poste afirmando los pies
contra el muro, y que lanzándose de allí intrépidamente hizo oscilar la
persiana en forma de cerrarla; y suponiendo que la ventana estuviese
abierta, pudo deslizarse él mismo dentro de la habitación.

Deseo que tengáis especialmente presente que me refiero a un grado
extraordinario de vigor como requisito esencial para el éxito de hazaña
tan difícil y arriesgada. Mi designio es demostrar, primero, que la cosa
era realizable; pero segunda y _principalmente_, necesito impresionar
vuestra mente con el carácter _extraordinario_, casi sobrenatural, de la
agilidad que era capaz de llevarla a cabo.

Diréis indudablemente, usando lenguaje legista, que para hacer
comprensible el caso, debería más bien disminuir que acrecer la
apreciación de la fuerza necesaria para ejecutarlo. Éste puede ser el
método legista, pero no es el del raciocinio. Mi objeto final es
descubrir la verdad. Mi propósito inmediato, conduciros a poner de
acuerdo aquel vigor _extraordinario_ a que acabo de referirme, con la
voz chillona, desapacible y desigual sobre cuya nacionalidad no han
podido convenir siquiera dos personas, y en cuya enunciación no ha
podido discernirse silabeo alguno.--

A estas palabras cierta vaga e informe concepción de la idea de Dupín
revoloteó en mi mente. Parecíame encontrarme al borde de la comprensión,
como sucede a veces que nos sentimos al mismo borde del recuerdo sin
llegar al fin a dar forma a las reminiscencias. Mi amigo continuó:

--Observaréis,--dijo,--que he tratado el asunto desde la manera de
salida hasta la de acceso. Mi intención era sugerir que ambos se habían
efectuado de igual forma y por el mismo punto. Volvamos ahora al
interior del aposento. Observemos aquí el aspecto de la decoración. Los
cajones del tocador, dicen, habían sido saqueados, aunque muchos
artículos de adorno quedaban todavía allí. Esta conclusión es absurda.
Es simplemente una proposición bastante necia y nada más. ¿Cómo podían
saber que los objetos encontrados en los cajones no eran todos los que
allí se hallaban de ordinario? Madame L'Espanaye y su hija llevaban una
vida muy retirada, no recibían visitas, salían rara vez, tenían en suma
poca oportunidad para muchos cambios de atavío. Los objetos que se
encontraron eran, por lo menos, de tan buena calidad como los demás que
usaban aquellas señoras. Si el ladrón hubiera cogido alguno, ¿por qué no
había de tomarlos todos? En una palabra, ¿por qué abandonar cuatro

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Text Comparison with The Fall of the House of Usher

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I know not how it was--but, with the first glimpse of the building, a sense of insufferable gloom pervaded my spirit.
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His reserve had been always excessive and habitual.
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Perhaps the eye of a scrutinizing observer might have discovered a barely perceptible fissure, which, extending from the roof of the building in front, made its way down the wall in a zigzag direction, until it became lost in the sullen waters of the tarn.
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His countenance, I thought, wore a mingled expression of low cunning and perplexity.
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And now in the mere exaggeration of the prevailing character of these features, and of the expression they were wont to convey, lay so much of change that I doubted to whom I spoke.
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To an anomalous species of terror I found him a bounden slave.
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The disease of the lady Madeline had long baffled the skill of her physicians.
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But the fervid facility of his impromptus could not be so accounted for.
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In the monarch Thought's dominion-- It stood there! Never seraph spread a pinion Over fabric half so fair.
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V.
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I well remember that suggestions arising from this ballad, led us into a train of thought wherein there became manifest an opinion of Usher's which I mention not so much on account of its novelty (for other men* have thought thus,) as on account of the pertinacity with which he maintained it.
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Our books--the books which, for years, had formed no small portion of the mental existence of the invalid--were, as might be supposed, in strict keeping with this character of phantasm.
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At the request of Usher, I personally aided him in the arrangements for the temporary entombment.
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I felt creeping upon me, by slow yet certain degrees, the wild influences of his own fantastic yet impressive superstitions.
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It was, indeed, a tempestuous yet sternly beautiful night, and one wildly singular in its terror and its beauty.
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Here, it will be remembered, the words of the narrative run thus: "And Ethelred, who was by nature of a doughty heart, and who was now mighty withal, on account of the powerfulness of the wine which he had drunken, waited no longer to hold parley with the hermit, who, in sooth, was of an obstinate and maliceful turn, but, feeling the rain upon his shoulders, and fearing the rising of the tempest, uplifted his mace outright, and, with blows, made quickly room in the plankings of the door for his gauntleted hand; and now pulling therewith sturdily, he so cracked, and ripped, and tore all asunder, that the noise of the dry and hollow-sounding wood alarmed and reverberated throughout the forest.
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Having rapidly taken notice of all this, I resumed the narrative of Sir Launcelot, which thus proceeded: "And now, the champion, having escaped from the terrible fury of the dragon, bethinking himself of the brazen shield, and of the breaking up of the enchantment which was upon it, removed the carcass from out of.
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Completely unnerved, I leaped to my feet; but the measured rocking movement of Usher was undisturbed.
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There was blood upon her white robes, and the evidence of some bitter struggle upon every portion of her emaciated frame.